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dimarts, 17 d’abril de 2018

Rosario Sánchez Mora. 2008.


Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.

Hoy hace 10 años nos dejaba Rosario Sánchez Mora, aquella muchacha que con 17 abriles se subió a un camión para ir al frente y detener al fascismo en su avance sobre Madrid, en Somosierra. Era julio del 36 y le hizo frente pegando tiros sin instrucción militar previa y cargando con un mosquetón de siete quilos.

Rosario Sánchez Mora había nacido en Villarejo de Salvanés, entre el Tajo y el Tajuña. Huérfana de madre, su padre accedió a mandarla a Madrid, a casa de unos amigos, a cuidar de sus niños y a aprender corte y confección. Su padre, Andrés Sánchez, era el presidente de Izquierda Republicana en Villarejo. Al año de llegar a Madrid se produjo el golpe de Estado fascista. Y allí estaba Rosario subida a un camión camino de Somosierra sin decirlo a nadie de su familia, al lado de otros jóvenes del barrio.

Tras quince días de intensos combates y tras ver morir a muchos conocidos, el frente se estabilizó y a Rosario la mandaron a la sección de dinamiteros, ubicada entre Buitrago y Gascones. Era la única mujer. Rosario la Dinamitera. Emilio González González, barrenero de Sama de Langreo, les enseñaba a fabricar bombas. La tecnología disponible no daba para mucho. Llenabas una lata de leche condensada con tornillos y clavos, vertías dinamita, cerrabas la lata lo mejor que podías no fuera a desparramarse y Emilio González colocaba el fulminante y la mecha. A veces hasta explotaban, aunque la precisión no estaba entre las cualidades del artefacto.

Rosario fue instruida en el manejo de los cartuchos de dinamita. No tenía mucho misterio. Le pegabas fuego a la mecha y cuando sentías el calor de la llama en la uña del dedo pulgar, te la sacabas de encima. El 15 de septiembre aprendió que la dinamita mojada es un mal asunto. Había llovido y el cartucho estaba húmedo, así que la mecha quemó por dentro. No notó el calor de la mecha, sólo un tenue silbido y una explosión que le arrancó la mano derecha por encima de la muñeca. Le salvaron la vida en la Cruz Roja en La Cabrera.

Rosario pasó por varios hospitales, y convaleciente en el de San José y Santa Adela, al saber que los fascistas estaban a las puertas de Madrid entrando por la Ciudad Universitaria, y mientras el Gobierno se piraba a Valencia, ella saltó de la cama y se fue de nuevo al frente con la X Brigada Mixta. La destinaron al Comité de Agitación y Propaganda y se encargó de la centralita del Estado Mayor de Valentín González El Campesino.

En aquellos días, Rosario entablará amistad con los poetas Antonio Aparicio, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, que había escrito su poema Rosario, dinamitera. También conoció a un joven sargento de la Sección de Muleross, Francisco Burcet Lucini. Se hicieron novios. Apenas unos paseos por el Retiro y Rosario se fue de nuevo a primera línea, haciendo de cartera. A las ocho de la mañana ella y otros compañeros cargaban las sacas de correspondencia y salían para Brunete.

El 12 de septiembre de 1937, Rosario y Francisco contraen matrimonio. Serán pocas semanas, lo justo para quedarse embarazada y ver como Francisco parte al frente de Aragón. No podrá ver nacer a su hija, Elena, el 22 de julio de 1938.

Rosario deja a Elena con la abuela y marcha a Alicante con su padre esperando un barco de la Sociedad de Naciones que no llegará nunca. Son dos de los 15.000 republicanos capturados en aquella ratonera. Los llevan al campo de concentración de Los Almendros. Allí fusilan a su padre.

Rosario puede volver a Madrid para ser detenida por unos falangistas de su pueblo. Es tiempo de cárcel y juicio sumarísimo. Pena de muerte conmutada por 30 años por adhesión a la rebelión. Sí, los fascistas, esos magos del humor.

Las Ventas (4.000 mujeres en una cárcel con capacidad para 400), Durango (convento convertido en prisión), Orúe (condenadas a trabajos forzados) y Saturrarán (encerradas en sótanos con el agua por los tobillos cada vez que sube la marea). Rosario saldrá en libertad el 28 de marzo de 1942, el día en que muere Miguel Hernández de España y cárcel.

Rosario tiene prohibido ir a Madrid. Va a Madrid, a reunirse de nuevo con su hija, que tiene ya cuatro años y no sabe quien es esa señora que la estruja con un amor que duele. Viven acogidas en el domicilio de Rufina Núñez, compañera de prisión. En Madrid se entera que Francisco, tras pasar por la cárcel de Barcelona, vive ahora en Oviedo, se ha vuelto a casar (Franco invalidó todos los matrimonios por lo civil) y tiene dos hijos.

Para ir tirando Rosario Sánchez empezó a vender tabaco americano de estraperlo (y repartir clandestinamente Mundo Obrero). Un día de 1953 un tipo se planta frente a ella. Es Francisco. 15 años después se abrazan con un amor que duele y que es también un adiós.

Rosario Sánchez Mora consiguió abrir un estanco en Vallecas y ahí trabajo 22 años hasta su jubilación, los ojos encendidos cada vez que miraba las mechas que vendía.

¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!

dilluns, 16 d’abril de 2018

Manuel Jiménez Pérez. 1908.




Hoy hace 110 años nacía uno de tantos, Manuel Jiménez Pérez, uno de tantos que hundían las manos en la tierra para sacudir las entrañas del mundo y hacerlo más habitable. Empezó a hacerlo siendo niño jornalero en Dos Hermanas. A los 17 años se metió hasta los codos en la huelga de los recogedores de olivas que pedían la jornada de 8 horas.

Militante de la CNT y la FAI, Manuel Jiménez Pérez leía el cielo de día y los libros de noche, asistiendo a las clases de Antonio Muñoz Benítez, otro hijo de campesinos que no pudo terminar la primaria y acabó siendo alumno de José Sánchez Rosa en Grazalema. Los señoritos de Dos Hermanas le llamaban despectivamente El Laico. Durante los primeros años de la II República fue nombrado alcalde por aclamación hasta ser destituido en 1934 acusado de obrerista y ateo. Tras las elecciones de febrero de 1936 fue nombrado concejal de Instrucción Pública.

Manuel fue uno de tantos en Dos Hermanas en tomar las riendas de sus destinos, codo con codo con los cargos electos, en un proyecto colectivo que pasaba por tener más escuelas y tierra para todos. Todo se detuvo con el golpe de Estado fascista del 17 y 18 de julio. En Dos Hermanas los fascistas entraron a caballo, como los señoritos. Manuel Jiménez estaba en la barricada que los detuvo e hizo retroceder.

Los fascistas se avinieron a negociar con una propuesta muy simple. O abandonaban la barricada o fusilaban al consistorio en pleno que tenían en su poder. Los anarquistas abandonaron la posición y cada uno escapó en la dirección que mejor le pareció. Manuel Jiménez no quiso marcharse de Dos Hermanas y se fue la hacienda de Bujalmoro, a recoger aceitunas, las que nacían de la tierra que siempre había pisado.

Manuel Jiménez Pérez y su compañero Manuel Núñez González fueron detenidos por un grupo de falangistas el 27 de julio de 1936, mientras faenaban. A los señoritos debía parecerles poco emocionante llevar dos presos al matadero y, siendo más de montería, disimularon descuido para verlos correr. Manuel Núñez, asmático, fue abatido a los pocos metros. Manuel Jiménez, herido en un pie, tuvo tiempo a llegar a un olivar y tenderse bajo un árbol mirando al cielo color aceituna. Allí lo remataron. Cuatro días después, su maestro, Antonio Muñoz Benítez, era fusilado por los falangistas en el cementerio de Alcalá de Guadaira, musitando, quizás, una oración:

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

dimecres, 11 d’abril de 2018

Enric Barberà Tomàs. 1908.



'Paquita hoy está imposible, procuro animarla y apenas lo consigo. Estuvo en la puerta hablando con la ya viuda del malogrado Albero y se hizo propio su dolor, por eso la dejo llorar. Nuestra pequeña nos contempla muy triste. ¡Pobres hijitos nuestros! A la edad de comer dulces, beben la hiel que se les sirve'.

Hoy se cumplen 110 años del nacimiento de Enric Barberà Tomàs. Nació en Alcoi y le llamaban Carrasca, porque era fuerte como una encina. Entró a trabajar en una fábrica de sombreros hasta que la cerraron y se buscó la vida como camarero, afiliado al Sindicato de Oficios Varios de la CNT. Era un tipo sano, amable, entusiasta en eso de vivir y amar, siempre dispuesto a echar una mano.

Libertario, vegetariano, naturista, suscrito a la revista Iniciales, dirigida por José Elizalde, estaba entre los impulsores de una especie de Ateneo que ofrecía una biblioteca y organizaba excursiones a la Naturaleza, charlas y audiciones musicales. Lo necesario para respirar, vaya. En la zona de Els Canalons, Enric y sus compañeros anarquistas decidieron construir un trozo de paraíso en la Tierra, que es tontería esperarse a morir para disfrutar.

Armados de picos y palas construyeron una pequeña presa, pusieron un trampolín para impulsar chapuzones de pura alegría y plantaron frutales y flores. Allí entregaban sus cuerpos desnudos al sol, limpios. Allí unió su vida a la de Paquita Llorens.

Durante la II República se dedicó al compromiso con el sindicato y a ejercer como profesor de educación física, hablando a chicos y chicas de no entregarse a adicciones que les anularan como personas. Hasta que en julio de 1936, este país adicto a políticas malsanas, Enric se siente obligado a defender su porción de paraíso marchando al frente de Córdoba con la Columna de Milicias Alcoyana de la CNT. Los restos de la columna acabaron integrados con la militarización en la 82 Brigada Mixta y Enric Barberà acabó con el grado de capitán.

Al terminar la guerra y continuar el exterminio, Paquita le pide a su compañero que huya a Francia, no lo vayan a detener y encarcelar. Enric se niega, no ha hecho nada malo y alguien debería cuidar los frutales y replantar las flores. Si algo siembran los fascistas son cadáveres y no tardan en dar con él y meterlo en el monasterio de Porta Coeli, reconvertido en campo de concentración, uno de los 188 que hubo en España entre 1936 y 1947. Por Porta Coeli pasaron unos 5.000 prisioneros, militares republicanos, de los cuales la mitad fueron fusilados. En Porta Coeli se obligaba a formar a los reclusos en el patio mientras se daba cuenta de los paquetes de ropa y comida que les enviaban los familiares. Hacían un montón con los paquetes y obligaban a los prisioneros a cantar el Cara al sol mientras le pegaban fuego con gasolina a los envíos.

A Enric Barberà lo trasladaron a las cárceles de Alcoi y Alicante para someterlo a consejo de guerra. Lo acusaron de todo en base a supuestos testimonios anónimos, desde apoyo a la rebelión a ejecuciones varias. El único testimonio de cuerpo presente fue el de un seminarista, Antonio García Sánchez, que explicó como Enric Barberà la había salvado la vida. Fue condenado a muerte.

Entre el 5 de junio de 1941 y el 16 de septiembre de 1942, mientras esperaba la llamada para ser asesinado, Enric Barberà escribió un diario sobre su estancia en la cárcel de Alicante. Lo escribía en papel higiénico y pudo sacarlo a trozos camuflado en hatillos de ropa de otros compañeros. Escribió hasta momentos antes de ser llevado al paredón. Su compañera, Paquita Llorens, guardó los papeles en una botella y la enterró. Enterrada permaneció años.

La hija de Paquita y Enric, Marcela Barberà, transcribió el diario en 1994, ardua tarea debido al mal estado del manuscrito. Pero esa botella enterrada dio un hermoso árbol frutal en 2004, cuando Rosa Montero consiguió publicar el escrito en editorial RBA. Estampas de luz.

dimarts, 3 d’abril de 2018

Manuel Fernández Márquez. 1973.



'Yo soy yo y mis compañeros'

Manuel Fernández Márquez era uno y era miles, por eso lo asesinaron. Uno de tantos de los que se vinieron de Extremadura a la mina, en Fígols, y de ahí al cinturón metropolitano, a Santa Coloma y las Comisiones Obreras.

Casado con Carmen Rodríguez Jurado, sevillana a la que conoció en Fígols, se vinieron a Santa Coloma con su hijo de dos años, José Manuel, a principios de 1973- A los dos meses encuentra trabajo en COPISA, una de les empresas que andan en la construcción de la tercera y última torre de la Térmica del Besòs, ese paisaje a lo Chernobyl Beach.

Los obreros de la Central 1733 han parado y ocupado los comedores porque están hartos de trabajar en unas condiciones similares a los obreros de las pirámides. Piden, entre otras cosas, un aumento de 4.000 pesetas al mes, pasar de 56 a 40 horas semanales de lunes a viernes, anulación de los contratos firmados en blanco, 30 días de vacaciones pagadas, derecho de reunión en las instalaciones de la empresa, botas de seguridad y vestuarios en condiciones, que resta intimidad compartirlo con las ratas.

Manuel Fernández participa en esas acciones con sus compañeros de tajo, a los que representan gente que se llama Manuel Pérez, Antonio Jiménez, Miguel Guerrero. El Tribunal de Orden Público les pide penas de entre 12 y 20 años de cárcel por levantar la voz. La empresa amenaza a los trabajadores con sanciones de empleo y sueldo de cinco días. Muchos tienen contratos de 15 días a renovar si son obedientes.

La mañana del 3 de abril de 1973, hoy se cumplen 45 años, Manuel Fernández se despide con un beso de su hijo y de su mujer. No sabe si les dejaran entrar a trabajar, sólo sabe que tiene que estar al lado de sus compañeros, que un hombre solo, una mujer, así tomados, de uno en uno, son como polvo, no son nada.

Desde las 7.30 horas, unos 2.000 obreros van llegado a la térmica propiedad de FECSA. Les esperan nutridas dotaciones de Policía Armada, policía a caballo, Guardia Civil y los delincuentes uniformados de las brigadas especiales, los grises de Valladolid.

Las puertas de la Térmica están cerradas y sólo les dejarán entrar si lo hacen en grupos de cinco personas como máximo. Los obreros se  niegan, o entran todos a una como siempre o no entra nadie. Y no entra nadie. Los sacan de allí a hostias. Las fuerzas policiales cargarán hasta tres veces. La última con fuego real y tirando al bulto.

Una bala hiere en el cuello a Serafín Villegas Gómez, 25 años. Manuel Fernández Márquez se agacha para ayudarle a reincorporarse. Es entonces cuando un policía a caballo vuelve a disparar y un balazo en la cabeza quiebra los 27 años de existencia de Manuel.

La noticia del asesinato de Manuel se expande como la sangre por el pavimento. Esa misma mañana Sant Adrià sale a la calle y por la tarde el Colegio de Abogados de Barcelona emite comunicado de condena. Al día siguiente paran Siemens, Pegaso, Bultaco, Hispano Olivetti, Seat, La Maquinista Terrestre y Marítima...

En mi pueblo, los obreros de Aiscondel, Meler, Joresa, son los primeros en ocupar las calles junto con compañeros de otras fábricas y talleres. Los recuerdo pasar por la calle desde mi ventana en una planta baja de Les Fontetes. Y las cargas. Y los vecinos abriendo las puertas de casa, dejando entrar a señores como mi padre, sudorosos por la carrera, miedo en la mirada, una sonrisa para el chaval que los miraba sin entender mucho y un gracias señora por el vaso de agua que les daba mi madre.

Esos días mi pueblo hasta salió en la prensa. 'La mayor incidencia estuvo localizada en Sardañola, donde el paro afectó a nueve factorías, con un total aproximado de mil obreros, que abandonaron sus puestos de trabajo poco después de iniciada la jornada, para no reanudarla en todo el día', La Vanguardia. (nota: eran más de nueve fábricas paradas y más de mil obreros abandonando sus puestos en las cadenas)

A Manuel Fernández lo enterraron en el cementerio de Pomar, barrio de Badalona levantado en 1967 para tener apartada a gente procedente de las barracas de Montjuïc. Un compañero de trabajo empezó a leer un poema que le había dedicado, Murió por gritar. No le dejaron terminar, la policía volvió a cargar, que viendo el cementerio cerca estarían animados.

Martes 3 de abril de 1973. / Ese día murió Manuel, / Manuel Fernández Márquez, / obrero. / Per no murió de cansancio, / como morimos muchos. / Pero no de accidente de trabajo, / como seguimos muriendo. / Pero no de hambre y de miedo, / como quisieran que muriésemos. / Murió por gritar / que no quería morir por nada de eso. / Murió por gritar / Yo soy yo y mis compañeros. / Murió porque el único argumento de sus opresores / se le incrustó en el cuerpo / ese martes, ese 3 de abril / teñido de sangre / asesinaron a Manuel, Manuel Fernández Márquez / compañero nuestro.

Ese 3 de abril asesinaron a Manuel, que nunca hizo daño, que era uno y es miles. Años después una calle de Sant Adrià que iba a llamarse avenida de Carrero Blanco se llamó por decisión de los vecinos calle de Manuel Fernández Márquez. Ya ven, algunos salen propulsados de la memoria y otros se quedan con nosotros a pie de calle.

dijous, 29 de març de 2018

Jack Johnson. 1878.



'Soy negro, nunca dejasteis que olvidara que soy negro. De acuerdo, soy negro, nunca dejaré que lo olvidéis'.

Hoy se conmemora el 140 aniversario del nacimiento de Jack Johnson 'El Gigante de Galveston', descendiente de esclavos secuestrados en la actual Ghana. Abandonó la escuela para trabajar y abandonó el hogar para encontrar trabajo. A los 12 años se subió a un tren de mercancías en marcha y llegó a Nueva York viajando como polizonte. Trabaja de estibador portuario, modelando un cuerpo de 1'88 metros y 96 quilos de carne y músculo.

Cuando vuelve a Texas gana su primer combate de boxeo. Deja KO al imbécil que se está metiendo con su hermana. Sus puños no pasan desapercibidos y participa en los combates que organizan los señoritos blancos para divertirse, metiendo a un grupo de negros en un corral, encapuchados para no verse, y a ver quién es el último en quedar en pie y sin dignidad. Las carcajadas blancas templan la rabia en sus músculos.

Harto de victorias que son humillaciones se mete en el boxeo reglado de la mano de un profesional en retirada, Joe Choynsky. El boxeo era ilegal en Texas y acaban en la cárcel, un buen lugar para entrenar. Al salir de la trena empieza a sumar combates y victorias. Pero no está satisfecho, porque en esa época los campeones blancos se negaban a ensuciar sus guantes pegándose con un negro.

Johnson, más chulo que un ocho, empiza a perseguir al campeón del mundo, el canadiense Tommy Burns, retándole a un combate que Burns rechaza con desprecio. Dos años haciendo de cobrador del frac dan sus frutos. La cita será en Sidney, Australia, el 26 de diciembre de 1908.

En un recinto para la ocasión con 22.000 espectadores ululando a favor de Burns, un Johnson de inmaculada sonrisa se la pasa jugando con el canadiense, sosteniéndolo con una mano para que no se le caiga y arreándole con la otra.

Tras 14 asaltos, aburrido ya, le suelta una serie de golpes que mandan a Burns a la lona, o eso se supone, porque la policía detiene la grabación cinematográfica para evitar que quede constancia de la humillación. De todos modos, si visitas la tumba de Burns, aún puedes escuchar con le castañetean los dientes de la tunda.

Jack Johnson se proclama campeón del mundo. El primer campeón del mundo de los pesados negro. Los medios de comunicación empiezan la campaña de difamación y claman venganza, mientras Johnson no pierde su sonrisa retadora y colecciona novias y esposas...blancas, soliviantando aún más el racismo latente en la sociedad norteamericana. Se pone en marcha la operación 'La gran esperanza blanca' para destronar a tan insultante campeón.

Al final sacan de su retiro al ex campeón invicto Jim Jeffries, uno de los que siempre se había negado a pelear con negros. Una sustanciosa bolsa le saca de dudas y vuelve a subir al cuadrilátero para el llamado combate del siglo, fijado para un 4 de julio de 1010 en Reno, Nevada.

Las armas y el alcohol están prohibidas en el recinto porque los ánimos están encendidos. Las apuestas favorecen a Jeffries y el público recibe a los púgiles gritando '¡mata al negro, mata al negro!'. Jeffries va por los suelos más veces en este combate que en toda su carrera anterior.

En el asalto 15, un guantazo lo manda fuera del ring, y cuando entra recibe otro par de soplamocos que lo mandan al otro lado contra las cuerdas. Desde su rincón lanzan la toalla. Johnson ha vuelto a ganar. La comunidad afroamericana sale a las calles de Estados Unidos a celebrar su propia fiesta de la Independencia.

Los medios vuelven a hacerle la vida imposible a Johnson, seriamente amenazado por el Ku Klux Klan, acosado por la policía, insultado por su color. La presión es tal que su esposa se acaba suicidando.

Johnson, desafiante, aparece en todas partes viviendo a todo tren, intolerable en un afroamericano. Hasta que una ex novia blanca resentida, y bien pagada, le denuncia por haber incumplido la ley Mann, que prohíbe cruzar la frontera interestatal con una mujer con fines inmorales. Un jurado blanco le condena a un año de prisión. Puestos a cruzar fronteras, Johnson se fuga a Canadá.

La vida de Johnson en el extranjero es una suma de victorias en los cuadriláteros mientras se codea con lo mejor de la sociedad europea, hasta que en 1915, cumplidos los 37 años y con su madre gravemente enferma, Johnson acepta un combate por el título en La Habana contra Jess Willard, dos metros de tosquedad blanca.

Al llegar al asalto 26, las reglas eran un tanto laxas, Johnson cae y pierde el título. Hay varias teorías. La más romántica habla de un pacto para dejarse vencer a cambio de volver a Estados Unidos, librarse de la cárcel y poder ver a su madre enferma. La más prosaica se inclina por un Johnson cansado en una pelea ya muy larga contra un contrincante mucho más joven.

Lo cierto es que cuando Johnson regresa a Estados Unidos va directo a la penitenciaría de Leavenworth. Nunca más le permitirán boxear en la élite ni volver a disputar el título mundial. De hecho, no permiten disputar el título a ningún negro durante los siguientes 22 años. Será en 1937 cuando le ceden el puesto de aspirante a un chico de 23 años. Se llama Joe Louis y no soltará el título en los siguientes 12 años, record hasta la fecha.

Jack Johnson se retira en 1938, con 60 años, satisfecho por haber abierto el camino a gente como Joe Louis o a símbolos futuros de negritud orgullosa como Muhammad Ali. Johnson murió en 1946 a bordo de un automóvil a toda castaña. Le acaban de echar de un bar por negro.

dijous, 22 de març de 2018

Harry Fisher. 2003.



Hoy hace 15 años se nos moría Harry Fisher. La vida se había enamorado de él y le dejó irse al poco de cumplir los 92. Fue una historia de amor mutuo que dio comienzo a temprana edad.

Harry nació en Nueva York y creció en un orfelinato. Enrolado en la marina mercante, el crack de 1929 le golpeó con 18 años. Se levantó de inmediato y juntó sus manos a otras manos. El 1930 entra en la Liga de Jóvenes Comunistas. Son jóvenes que paran desahucios y ponen sus cuerpos frente a la policía para proteger a las familias que ya bastantes golpes reciben al perder sus empleos y hogares.

Muy metido en la brega sindical, en 1937 es uno de tantos pacifistas que decide luchar contra el fascismo en tierra española. Enfrentarse al fascismo es defender la paz. Viaja en barco a Europa, cruza Francia en tren y pasa los Pirineos a pie para ir directamente al frente. Allí sirvió a las órdenes de Oliver Law en el Batallón Lincoln.

Oliver Law, veterano de la I Guerra Mundial, comandante del Batallón Lincoln, fue el primer afroamericano al mando de una unidad de tropas norteamericanas blancas. De hecho el Batallón Lincoln estaba integrado por blancos y negros norteamericanos, algo que no sucedió ni en la II Guerra Mundial, ya que persistía la segregación. Law cayó en Brunete y cuando acabada la II Guerra Mundial, Paul Robeson intentó llevar su vida al cine, la histeria anticomunista desatada por Joseph McCarthy y su caza de brujas lo impidió.

La vida, ya lo hemos dicho, estaba enamorada de Fisher, y salió ileso de las batallas de Jarama, Brunete, Teruel, Belchite y Ebro, pudiendo regresar a Estados Unidos para casarse con Ruth Goldstein, judía y comunista como él, para compartir más de 50 años de activismo y ver crecer a un hijo, una hija y tres nietos. Antes le dio tiempo para servir como artillero en un B-26 durante la II Guerra Mundial en un combate que, así creía, seguía debiendo a los españoles y a sus compañeros de viaje.

Harry y Ruth trabajaron para la agencia de noticias soviética TASS sin olvidar el compromiso con los más desfavorecidos y con la paz, que poder descansar en paz es todo lo contrario a morirse.

Ruth Goldstein falleció en 1993 y le hizo jurar a Harry que escribiría un libro sobre su experiencia española, que sería pecado no hacerlo. Cinco años después Harry Fisher publicaba Comrades, que se tradujo al alemán y al español (Camaradas: Relatos de un brigadista en la guerra civil española; Editorial Laberinto), un hermoso recuerdo hacia aquellos que se levantaron antes del alba para ofrecer sus vidas con la esperanza de evitar las millones de muertes que vendrían después.

El 22 de marzo de 2003 Harry Fisher volvía a pisar las calles nuevamente, nunca dejó de hacerlo, para protestar contra la guerra de Irak alentada por el inefable trío de las Azores, en realidad un cuarteto con Durao Barroso, elemento que empezó militando en el maoísmo para pasarse a la socialdemocracia desleída y acabar en Goldman Sachs. Al acabar la manifestación, sintiéndose cansado, fue ingresado en el St. Vincent's Hospital, el mismo hospital en el que un joven Harry Fisher fue ingresado un día de 1933 con la cabeza abierta por las porras policiales. Allí, ese mismo 22 de marzo, celebrando la primavera, su corazón dejó de latir sin dejar de sonreír.

dimecres, 21 de març de 2018

Dachau. 1933.



'Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo'. Carles Sentís.

El 20 de marzo de 1933, hace 85 años, los ingenieros dan el visto bueno a unas instalaciones que incluso se anuncian en la prensa como una especie de resort para malos alemanes que 'pervierten las buenas costumbres germanas'. Y el 22 de marzo Dachau abre sus puertas para recibir a sus primeros prisioneros, militantes comunistas y algún socialdemócrata remolón. Los fascistas tienen un siniestro modo de inaugurar la primavera.

Los primeros prisioneros, unos 4.800 en 1933, serán los encargados de construir el campo. A los comunistas seguirán otros opositores políticos, sacerdotes católicos, aristócratas, gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová... En noviembre de 1938, tras la noche de los cristales rotos, pasarán 10.000 judíos destino a otros campos con cámara de gas. Dachau no dispondrá de su propia cámara de gas hasta 1942, aunque nunca se utilizará. A los cuerpos exhaustos inútiles para el trabajo se los gaseaba en el castillo de Hartheim.

El 26 de abril de 1933, Heinrich Himmler nombra comandante de Dachau a Theodor Eicke, un psicópata que no pasó el psicotécnico cuando quiso entrar en la policía durante la República de Weimar. Eicke es el gran ideólogo del funcionamiento de los campos de exterminio y Dachau será el modelo a seguir. Por aquí pasarán los aprendices de matarife a hacer sus prácticas. En julio de 1934 Eicke es nombrado inspector general de todos los campos, dando el visto bueno a Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück y encargándose personalmente de la debida formación de tipejos como Rudolph Höss, Franz Ziereis y Karl Otto Koch.

Entre 1937 y 1938, al III Reich se le acumulan los detenidos y realiza obras de ampliación en Dachau, que pasará a multiplicar por 9 la población reclusa. Hay 32 barracones rodeados por una valla electrificada de alambre de púas, una zanja y un muro con siete torres de vigilancia. Entre la prisión y la cocina central está el patio para castigos y ejecuciones. Ahí llegarán a fusilar a 4.000 prisioneros de guerra soviéticos.

La rutina del horror de lunes a domingo empieza a las 4 de la madrugada, a las 5´30 se pasa lista, a las 6 empieza el trabajo esclavizado hasta las 18 horas. Dachau y sus subcampos funcionará con precisión burocrática de 1933 a 1945. Se calcula que pasaron unas 200.000 personas, de las cuales unas 40.000 murieron en su gran mayoría a causa de hambre, enfermedades y las condiciones de trabajo al servicio de empresas como BMW, Dornier, Messerschmitt, Photo AGFA y Zeppelin.

En Dachau también hicieron prácticas los médicos Ernst Holzloehner, Erwin Gohrbandt, Hans Eppinger, Klaus Schilling y Sigmund Rascher. El fascismo entiende por ciencia someter cuerpos humanos a descompresión, inmersiones en agua helada, ingestiones de agua salada e inoculación de tuberculosis y malaria.

El 29 de abril de 1945, tropas del VII Ejército de Estados Unidos entran en Dachau. Tres días antes han sido puestos en marcha hacia la muerte 7.000 prisioneros judíos. A las puertas del campo, 30 vagones de tren contienen miles de cuerpos sin vida, encerrados allí para pudrirse porque ya se ha terminado el carbón que alimenta los crematorios.

Por Dachau pasaron 604 republicanos españoles, entre ellos Isidro Sánchez, jornalero cacereño que pasó de la guerra en España a comandante de la Resistencia contra la ocupación, en lo que entendía como una misma lucha. Con reconocimientos por parte del Ejército de Estados Unidos y gobierno francés, ignorado por aquí abajo, murió en el exilio.

Dachau, a 16 quilómetros al norte de Munich, en aquella época todo el mundo trabajaba en el metro y no sabían qué pasaba en la superficie, es hoy un espacio que puede visitarse en un pack que también incluye visita al Oktoberfest y al idílico castillo de Neuchwanstein de Luís II de Baviera. En el edificio de intendencia estaba escrito con grandes letras: 'Hay un camino hacia la libertad. Este pasa por la obediencia, la honestidad, la limpieza, la sobriedad, la aplicación, el orden, el sentido de sacrificio, la sinceridad, el amor a la patria', cuando escuchen o lean algo parecido, echen a correr.