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dimecres, 17 de juny de 2015

Angelo Sbardellotto. 1932.


A las 5.45 horas de la madrugada del 17 de junio fusilan en Forte Bretta, Roma, a Angelo Sbardellotto, 25 años, anarquista. No lo fusilan por algo que haya hecho, lo fusilan por algo que quería hacer. El fascismo siempre ha tenido algo de Minority Report, aunque en el caso de Sbardellotto, quinto de once hermanos de una familia muy pobre de Mel, en Bellone, no hacían falta muchos precognitivos para adivinarle un crudo futuro.

Cumplidos los 17 años se marcha de Italia con su padre, escapando del fascismo y la miseria. Pasará por Francia, Luxemburgo y acaba en las minas de carbón cerca de Lieja, entrando en contacto con círculos anarquistas de la emigración italiana. 

En 1928, su madre, analfabeta, ferviente católica, le pide a la maestra del pueblo que le escriba a su Angelo para comunicarle que le llaman a filas. Angelo contesta y la maestra lee la carta de respuesta a su madre, en la que viene a decir que se la sopla la patria, y más aún una patria fascista, que es antimilitarista y anarquista. A la señora le da un síncope y le lleva la carta al párroco local, a ver si eso se cura con un exorcismo. 

No se sabe si fue el párroco o la maestra, pero la carta acaba en manos de la policía, que incluye a Angelo en una lista de elementos subversivos extremadamente peligrosos a controlar y tratar sin contemplaciones. Lo cierto es que en la homilía por el alma de Angelo oficiada por el párroco de marras acaba diciendo: 'el alma de Angelo ha acabado en el infierno porque osó atentar contra la vida del Hombre de la Providencia'.

Al parecer, Sbardellotto viaja a Roma en 1931 y 1932 para matar a Mussolini aprovenchando la celebración del aniversario de la Marcha sobre Roma y la fiesta de la Fundación de Roma. Sin resultados. A finales de mayo vuelve a la carga aprovechando el traslado de las cenizas de Anita Garibaldi al Gianicolo. Lleva una bomba, pero hay tanta gente que le parece una barbaridad llevarse a muchos inocentes por en medio a cambio de la vida del Duce.

Un Angelo Sbardellotto nervioso y dándole vueltas a la dificultad de su empresa es detenido en piazza Venezia por la policía fascista el 4 de junio y sometido a interrogatorio. Les cuenta que quería matar a Mussolini, y que no hay manera.

La prensa orquesta una rápida campaña que presenta a un sanguinario Sbardellotto, cuando la única sangre hasta el momento es la que sale por su nariz en los interrogatorios. La instrucción judicial se apaña en dos días y el juicio dura dos horas. El Tribunal Especial para la Defensa del Estado Fascista, presidido por Guido Cristini, le condena a muerte por 'delito de intención de asesinar al Duce', ese hombre.

Dictada la sentencia le preguntan si quiere proclamar su arrepentimiento. Y dice que sí, que se arrepiente de no haber podido matar a Mussolini. El abogado le propone hacer petición de gracia, que a veces el Duce tiene el día tonto y le gusta brindar gestos de clemencia, como los emperadores en el circo. Sbardellotto les sugiere a los letrados que el Duce puede pasarse la magnanimidad por el arco del triunfo, que no piensa hacerle el juego.

Lo despiertan a las 4 horas de la madrugada, se incorpora y se fuma un pitillo. Mientras desfila por el pasillo tras mandar a paseo al cura que quiere salvar su alma, Angelo se despide de todos los presos de la galería con una sonrisa y un 'hasta la vista'. Camino del paredón le da tiempo para otro pitillo y cuando llega, hay cola, asiste al fusilamiento del antifascista Domenico Bovone. De pie frente al pelotón grita un '¡Viva la anarquía!' que se mezcla con la descarga, que es como los fascistas gritan sus vivas.

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