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diumenge, 30 d’agost de 2015

Josep Lluís Facerías. 1957.


Esbirros del Estado apostados en ventanas y edificios acribillan a balazos a un hombre que pese a ir bien pertrechado de desconfianza y precauciones se ve sorprendido por la muerte que lleva años sin perderle de vista. No, no es Emiliano Zapata en la peli de Kazan. Es el 30 de agosto de 1957 y se trata de Josep Lluís Facerías. Y también lleva años de lucha insobornable.

Afiliado a las Juventudes Libertarias y con sólo 16 años se marchó al frente de Aragón a luchar por la revolución y contra el fascismo. Al final de la guerra, en plena retirada, lo hicieron prisionero. Su mujer y su hija de meses no tuvieron tanta suerte. Murieron ametralladas desde el aire mientras huían hacia Francia.

Entre cárcel y servicio militar obligatorio en las peores condiciones se le echa encima el año 1945. La II Guerra Mundial ha terminado y empieza a quedar claro que los aliados no tienen ningún interés en patear el culo del general Franco, que más bien le darán unas palmaditas en la espalda. Facerías crea el Movimiento Libertario de Resistencia. Resistencia al Estado fascista, resistencia el miedo y la resignación inoculados a una población devastada.

Los grupos de Facerías se dedicaban básicamente a recaudar fondos para la CNT y para familias con presos, abocadas a la miseria. La fuente principal de ingresos eran los bancos. Si tú robabas a un banco el Estado debía indemnizar a los clientes afectados. 'Nosotros somos incapaces de robar a un semejante, pero un bando no es un semejante. ¿Quién pierde el dinero que se roba en un banco? Los clientes, no. Los accionistas lo descontarán de los beneficios que no declaran y lo contarán en las pérdidas que declaran. Y lo cobrarán al seguro. Y no lo pagarán a Hacienda. Aún van a salir ganado dinero. ¿Lo has entendido?', razonan José Luís López Vázquez, Agustín González, Gracita Morales y Cassen en una maravillosa escena de Atraco a las tres (1962). 

A veces, aprovechando la huída después de atracar un banco, lanzan octavillas de propaganda. Tampoco son semejantes los usuarios de meublé, las joyerías en tiempo de hambre y los propietarios de automóviles y garajes, a los que detienen en cruces de carretera para apropiarse de dinero y documentación.

Cuando la presión policial se hace insostenible, Facerías pasa a Francia e incluso a Italia, se da un descanso y vuelve a la carga. Sueña con encender la chispa de una insurrección popular en Barcelona, en un plan que incluye el asalto de La Modelo y la liberación de presos, dinamitar la Jefatura de Policía, la voladura de líneas telefónicas y la toma de Radio Barcelona para dar la buenanueva. Pero no. Al final se quedó en algunos petardos en consulados sudamericanos, una bomba en una central eléctrica y el incendio de los garajes de Campsa.

Entre el invierno del 49 y la primavera del 52, la guerrilla libertaria es práticamente aniquilada, con la mayoría de combatientes caídos en enfrentamientos, delatados y muertos en emboscadas, encarcelados y fusilados.

Refugiado en Italia y tentado de irse al Brasil, Facerías decide mantenerse fiel a si mismo y vuelve a una España que ya forma parte de la ONU y firma tratados con probos demócratas que no le hacen ascos a estrechar la mano de ese general homicida que igual te firma una concesión que una pena de muerte. Facerías, Luis Agustín Vicente y Goliardo Fiaschi cruzan la frontera en bicicleta destino a Barcelona.

A la altura de Sant Quirze de Besora, Luis Agustín Vicente 'El Metralla' se separa para ir a casa de un amigo en Sabadell. Allí le detendrán y será torturado. Facerías y Fiaschi se instalan a una cabaña al pie del Tibidabo. Facerías se baja a Sant Andreu para un contacto. Al poco de irse, Fiaschi es detenido en una emboscada cuando regresaba a la cabaña.

Josep Lluís Facerías se baja del taxi en la confluencia de Doctor Urrutia con Pi i Molist. No tuvo la más mínima oportunidad. De haberla tenido la hubiera rechazado con elegancia y bombas de mano. Lo acribillaron a conciencia, que es el único uso de la conciencia que suelen practicar los fascistas. Facerías llevaba una pistola, cinco cargadores, librillo de papel de fumar, petaca y un espejito. En el puño cerrado una bomba de mano que no le dió tiempo a utilizar. Murió, sí, pero ni cautivo ni desarmado. 

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