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diumenge, 20 de setembre de 2015

El Papus. 1977.


El humor es el triunfo de la anarquía por breves instantes, canta Quimi Portet. Los redactores de El Papus lo sabían y por eso su lema era Ni Dios, ni amo, ni CNT. A finales de noviembre de 1976 se les borra la sonrisa al recibir la visita de Alberto Rayuela, falangista y secretario nacional de la Hermandad de la Guardia de Franco, que tocándose la sobaquera le dice al director de la revista satírica y neurasténica, Xavier Echarri Moltó, que se ha quedado con su cara y que mucho cuidado. Al parecer anda muy cabreado por el tratamiento hecho al pasado 20N, con una portada que muestra a dos carcamales falangistas, uno haciendo el saludo fascista y el otro poniendo los cuernos mientras lo intenta y se justifica con un 'es que tengo reuma deformante'. El aviso no les hace ni pizca de gracia, pero el pulso no les habrá de temblar mientras siguen dibujando y acumulando denuncias, secuestros, multas, amenazas y citaciones judiciales. En esa época El Papus sólo es superada en ventas por Hola, Garbo, Lecturas y Diez Minutos.

Apenas un año más tarde, la mañana del 20 de septiembre de 1977, un joven entrega un paquete al conserje del edificio en el que se encuentra la redacción de El Papus, en la calle Tallers, con aviso de entregarlo urgentemente al director. El conserje, Juan Peñalver Sandoval, se dispone a hacerlo y al llegar al primer piso, antes de entrar en la redacción, el paquete explota y lo descuartiza. La onda explosiva provoca una veintena de heridos. Uno de los primeros en personarse en el lugar es el señor Godó (El Papus es propiedad de La Vanguardia), que muy preocupado pregunta si los daños materiales han sido muy cuantiosos...al Conde lo que es del señor Conde.

La mano de obra del atentado está integrada en Juventud Española en Pie, grupúsculo que encabeza Juan José Bosch Tapies y suele reunirse en los billares Manila o los recreativos Oriente, propiedad de Miguel Gómez Benet, alias El Padrino, leridano, lugarteniente de la Guardia de Franco que da cobijo y trabajo a los fascistas italianos huidos de la justicia de su país y acogidos como mercenarios al servicio de las fuerzas de seguridad del Estado.

Miguel Gómez Benet corre con los gastos y son habituales las reuniones en su finca leridana de Castell de Beme para hacer prácticas de tiro con los amigotes, prácticas que incluyen una ametralladora antiaérea. Gómez Benet es íntimo del gobernador civil de Lleida, Aparicio Calvo-Rubio, que murió en su cama a principios de 2014 y tuvo una exitosa carrera judicial en el Tribunal Supremo, llegando en 1988 a ser nombrado fiscal general antidroga y a punto estuvo de ser nombrado Fiscal General del Estado en 1997. En el grupo hay dos fascistas italianos que atienden por ‘Mario’ y ‘Giuseppe’ y que siempre se ha sospechado pudieran ser Giuseppe Calzona y Carlo Vanoni.

Alberto Royuela desaparece de escena y salen a relucir sus estrechos contactos con el coronel de Estado Mayor Luis Marín de Pozuelo, segundo jefe de Estado Mayor del Ejército en Barcelona, que antes ha estado destinado en el Estado Mayor Central del Ejército, en Madrid.

La investigación policial es digna de una Papunovela y ni siquiera se toman muestras del explosivo utilizado, T4 de uso militar. La responsabilidad del atentado se circunscribe a los empleados del mes de la trama negra y se aparca indagar de dónde vienen las órdenes. Los dos fascistas italianos desaparecen del mapa y en febrero de 1978 la Audiencia Nacional empieza a regalar libertades condicionales que algunos aprovechan para fugarse, empezando por Gómez Benet, que manda saludos desde Brasil.

De los 13 detenidos sólo 6 están presentes en el juicio por el atentado que se celebra en marzo de 1983. Gómez Benet ha vuelto para morir en Andorra de una cirrosis. Las penas de los acusados se ven substancialmente reducidas al considerarse como atenuante su buena conducta y el haber tenido explosivos durante tres meses sin utilizarlos en todo ese tiempo (sic). Nadie cumple su pena entera. A Juan José Bosch Tapies le caen 13 años de los que cumplirá 3, gentileza de la libertad condicional otorgada por el juez Donato Andrés Sanz, detalle que aprovecha para irse al Paraguay. Donato Andrés Sanz tiene la mano floja con los permisos, que en su momento otorgará a los asesinos de Yolanda González y a uno de los asesinos de los abogados de Atocha.

Una última y sangrante viñeta. En 1985 el Tribunal Supremo considera improcedente una indemnización al semanario, ya que las indemnizaciones por acto terrorista se conceden a personas físicas y no a personas jurídicas, además de dejar claro que la culpa de la explosión es del conserje Juan Peñalver Sandoval por no haber tomado las precauciones necesarias. El chiste no tenía ni puta gracia.

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