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dimecres, 2 de desembre de 2015

Henri Etxeberri, Koldo López de Gereñu y Kepa Tolosa. 1975.



En su nuevo despacho bajo una losa en el Valle de los Caídos, el general seguía dictando sentencias de muerte a su modo, añadiendo el plomo al oro, incienso y mirra de las fiestas que se acercaban y que pasaron de largo por diversos hogares.

El 2 de diciembre de aquel 1975, Henri Etxeberri tenía la mala fortuna de discutir en un bar con la persona equivocada, un policía que zanjó la situación sacando la pistola y matándolo de un disparo.

Ese mismo día, Koldo López de Gereñu (con camisa roja en la foto), Ricardo Lasa y José Mari Azurmendi, ateridos de hambre y frío, bajan del monte para comer caliente en el caserío Endrio, propiedad del padre de Ricardo. Los tres jóvenes estudiantes andan refugiados en el monte desde el 11 de noviembre después de haber participado en actos de protesta por los fusilamientos del pasado mes de septiembre y están en el punto de mira de las fuerzas de seguridad del Estado. En el monte, durmiendo de mala manera y comiendo manzanas, se han enterado de la muerte del dictador y esperan a ver si se relaja la situación. Los tres conocen en su carne y sus huesos las palizas recibidas hace un año en la cárcel de Martutene.

Mientras están descansando ven acercarse un Jeep de la Guardia Civil. El vehículo se detiene y desciende un  teniente de la Guardia Civil que llama a la puerta. Los tres muchachos intentan escapar por una puerta trasera cuando son descubiertos por el teniente, que dispara su ametralladora. Ricardo y José Mari conseguirán escapar monte arriba y acabarán pasando la frontera con severas congelaciones en los dedos de los pies. Koldo López de Gereñu, 18 años, no tendrá tanta suerte y una bala le atraviesa el cuello y le congela el alma. Koldo será enterrado en su Beasain natal. No habrá investigación alguna. A Ricardo y José Mari se les acusa de tenencia de propaganda subversiva y desobediencia a la autoridad con resultado de muerte, es decir, les acusan de ser los responsables del asesinato de Koldo.

El 9 de diciembre, en Beasain, Kepa Tolosa Goikoetxea, 28 años, está con su novia en el coche, comiéndose a besos, hablando, quizás, de las comidas y cenas que se avecinan, de los compromisos familiares; pensando tal vez en la cara que pondrá el otro al abrir los regalos. Está oscureciendo y aparecen unas sombras que se acercan a paso rápido hacia el coche. Los dos se asustan pensando en posibles ladrones o algo peor. Kepa pone el coche en marcha y arranca para alejarse de allí. Las sombras son eso, sombras, guardias civiles de paisano que los ametrallan para que no escapen. Una bala en la cabeza acaba con la vida de Kepa. No habrá ninguna investigación ni sanción y culpan a los jóvenes por no haber hecho caso de una supuesta orden de alto. Francisco Franco, el viejo homicida, siempre fue más de esquelas que de tarjetas de Navidad.

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