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dimecres, 21 de setembre de 2016

Luis Royo Ibáñez. 1920 - 2016



'Mi padre era anarquista. Un anarquista nada violento que hablaba de libertad y que me repetía que la vida de un hombre no tiene precio. Influyó mucho en mí aunque yo no he sido nunca anarquista'.

Me llega la noticia de la muerte de Luis Royo Ibáñez, el penúltimo de La Nueve. Ya sólo queda en pie el almeriense Rafael Gómez. Royo nació en la Barcelona popular, hijo de aragoneses. Estudió como interno con los salesianos gracias a la familia para la que trabajaba su madre. No le dan tiempo a estudiar demasiado, con 17 años lo mandan al frente de Balaguer con la quinta del biberón.

Como sabe leer y escribir lo nombran cabo. Tiene estudios, lo que no tiene son balas, y en algunos combates de defienden a pedradas. Es un descalabro, claro. Luego se chupa toda la batalla del Ebro, una carnicería. Le nombran sargento del Servicio de Información Especial, que dicho así suena importante. En realidad consiste en ir a pie, en parejas (uno lleva un fusil y el otro un cargador con 20 balas), bajo las bombas, y acercarte lo más que puedas a las trincheras enemigas para tomar nota, volver, y pasar informe. Hasta que en diciembre se hunde el frente y empieza la retirada, de Tortosa a Berga para pasar por Olot, Figueres y cruce fronterizo por Prats de Molló. A patita.

Un gélido domingo, 12 de febrero de 1939, desarmados, pasan la frontera. Los músicos aún conservan sus instrumentos y tocan el Himno de Riego. Pasan con la cabeza alta hasta que las tropas coloniales reparten estopa y los dejan tirados en un prado, a la intemperie, bajo una nevada de medio metro. Luego los internan en el campo de concentración de Agde, donde los refugiados han empezado a levantar algunas barracas. Se apiñan 27.000 personas. Los más jóvenes aguantan, los mayores caen como chinches.

Gracias a unos familiares lejanos sale del campo para trabajar de campesino. No hay mucha comida. 'Algunos iban a cazar gatos y hacían luego una sopa de gato que se comían encantados. Yo nunca pude. Durante mucho tiempo me alimenté sobre todo de caracoles y nabos'.

Cuando estalla la II Guerra Mundial le dan a elegir entre ser devuelto a España o ser enviado a Alemania. Elige enrolarse en la Legión Extranjera. Se alista en Marsella y lo embarcan para Argelia. En su mente está desertar a la primera oportunidad y ponerse al servicio del general De Gaulle, no por liberar Francia, si no por luchar contra el fascismo.

Luis Royo forma parte como artillero de un batallón con un 80% de republicanos españoles. Sirve como cocinero hasta que se pelea con un capitán que roba comida para hacer negocio. Lo envían para Fez. Allí se enteran del desembarco norteamericano en el Norte de África. La mayoría de españoles acaba desertando para unirse a las Fuerzas de la Francia Libre de Leclerc, en la Brigada de Marcha del Chad. Y se crea La Nueve.

Luis Royo, que ha aprendido a conducir en el desierto, 'no fue difícil porque en el desierto había mucho espacio para aprender', decía con un sentido del humor que no dejó arrebatarse jamás; es el chófer del blindado 'Madrid'. Luciendo las insignias con la bandera republicana que ha repartido en teniente Amado Granell, un republicano moderado admirado y respetado tanto por anarquistas como por comunistas, salen de Casablanca hacia Swansea, donde al ver las banderitas la población local los saluda al grito de 'Vive la Belgique'.

Luis Royo desembarcó con el resto de La Nueve en la playa de Omaha y combatió en primera línea, eran fuerza de choque, en Ecouché y Alançon. Royo entrará en París el 25 de agosto, rindiendo a los alemanes atrincherados en la Escuela Militar. Al día siguiente desfila por los Champs Elysées. Y al otro acampan en el Bois de Boulogne, con las demoiselles du Bois de Boulogne, 'venía a vernos mucha gente, sobre todo chicas muy guapas. Cada uno teníamos una tienda de campaña individual para dormir, pero aquellos días nadie durmió solo'.

Aquellos días duraron poco y se vinieron los días helados en Andelot, Châtel, La Mosela, en la Alsacia de 20 grados bajo cero. Luis Royo es herido de extrema gravedad y pasa 24 horas inconsciente.

Operado de urgencia en Vittel es evacuado a Oxford, mes y medio a base de tres dosis de penicilina diarias. Para cuando se ha recuperado, la guerra ya ha terminado. Se lleva de recuerdo esquirlas de metal en los pulmones que le acompañarán toda su vida.

Luis Royo, que siempre se sintió traicionado por los aliados al terminar la guerra y convertir a Franco en un aliado más, entró a trabajar en la Citroën, viviendo en un modesto apartamento a las afueras de París. Mientras pudo fue dando testimonio de las vidas de sus compañeros, los que nunca de rindieron en su lucha por la libertad. Hasta el año 2004 no recibió un homenaje de la alcaldía de París. Acudió no por él, fue por los amigos que ya no estaban.

Viudo y con la salud muy delicada pasó los últimos años viviendo con una de sus hijas. En 2014 ya no pudo asistir a los actos del 70 aniversario de la liberación de París, ni en 2015 a la inauguración del Jardín de los combatientes de La Nueve, aunque en esta ocasión la presencia de los reyes de España soltando un discurso en el que ni se mencionaba a Franco, el fascismo y el exilio republicano, no era el mejor aliciente.

Luis Royo ha muerto a los 96 años de edad en el hospital Paul Brousse de Villejuif. A este paso, cuando en Madrid inauguren el parque en honor a La Nueve ya no quedará vivo ninguno de sus combatientes.

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