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dimecres, 11 de gener de 2017

Huelga por el pan y por las rosas. 1912.


Un ataque contra uno,
es una ofensa a todos,
unidos somos imbatibles,
divididos caeremos.

Hoy hace 105 años los trabajadores y trabajadoras del textil de Lawrence, Massachusetts, se van sumando en marea creciente a la huelga hasta sumar unas 30.000 voces. Y eso que a finales de 1911 se ha aprobado una ley que ha reducido la jornada laboral de 56 a 54 horas semanales. Tiene truco, claro. Los patrones acatan la ley y tal como reducen las horas aumentan el ritmo de producción en cadena y bajan los sueldos.

Eran listos los patrones fabriles del textil de Lawrence, esos emprendedores. Fundamentaron su riqueza a mediados del XIX contratando en origen en Rusia i Europa oriental para abaratar costes salariales, mano de obra no especializada muy barata para ser incorporada en la cadena de montaje como una pieza intercambiable más. Hay más de 25 nacionalidades mezcladas para dificultar la comunicación y los cuchicheos. Los encargados aprovechan para fomentar el racismo entre ellos y mantenerlos enfrentados. Son listos los empresarios.

Muy listos. Familias enteras de mano obrera se hacinan en viviendas propiedad de las empresas y compran en economatos también propiedad de las mismas empresas. Sólo el alcohol es prácticamente gratuito.

Los accidentes laborales se multiplican y el acoso sexual a las trabajadoras es el pan nuestro de cada día. La insalubridad campa a sus anchas, uno de cada tres trabajadores muere antes de cumplir los 25 años y el raquitismo y la sarna mata a uno de cada dos niños antes de cumplir los 6 años de edad. El Congreso no sabe, no contesta y el sindicato del ramo, la American Federation of Labor, pasa de la chusma.

¿Entienden mejor lo de la huelga, no? Las primeras en parar máquinas y salir a la calle son las obreras, las más perjudicadas. Son mujeres jóvenes, inmigrantes, que representan más de la mitad de la fuerza productiva de las fábricas. Detrás van los hombres, que copan los 56 puestos y sus correspondientes suplencias del comité de huelga que ponen en marcha un fondo de huelga y los piquetes, cadenas humanas alrededor de las fábricas 24 horas al día para impedir cualquier entrada.

Pasan los días y se recrudece el invierno y la violencia contra los huelguistas, que son rociados a manguerazos para helar el agua sobre sus cuerpos. Hay una primera asesinada por disparos de los pistoleros de la patronal y detenidas las principales voces del comité. La American Federation of Labor, que sólo permite afiliarse en sus filas a obreros blancos cualificados, llama a la vuelta al trabajo. Casi la mitad de los huelguistas cede al desaliento y abandona. Más de la mitad, todas las mujeres, decide continuar la lucha, tienen ovarios y por tanto no se acojonan. La American Federation of Labor las acusa de izquierdistas revolucionarias, con dos cojones. Pistoleros y milicia siguen a la suya ocupando y patrullando las zonas obreras.

Es entonces cuando Industrial Workers of the World, sindicato de clase de tendencia socialista libertaria que considera el salario una trampa mortal para adocenar obreros, admite en sus filas por igual a hombres y mujeres de cualquier procedencia y etnia, y aboga por la resistencia pacífica; envía a Lawrence a Elizabeth Gurley Flynn, Joe Hill y Carlo Tresca. Y las mujeres ejercen un papel central en la lucha.

Las mujeres en huelga crean guarderías y comedores comunitarios para niños y niñas; realizan asambleas diarias con traductores de las 25 lenguas que se emplean; organizan escuelas y clases de inglés; programan espectáculos; recorren el estado recolectando fondos, alimentos y medicamentos. Piden el pan, pero también las rosas. Y algo inaudito, lo piden cantando en las manifestaciones, poniendo letras reivindicativas a melodías populares, haciendo de las canciones un lenguaje universal de fraternidad.

La violencia policial, empresarial e institucional no cesa. El frío y el hambre tampoco, así que las mujeres deciden enviar a los niños, niñas y heridos a otras ciudades, hospedados en casas de familias solidarias con la huelga. Los dos primeros viajes en tren organizados despiertan simpatías en todo el país. Y los empresarios se pasan de listos. Para el tercer convoy mandan a la policía y los matones a repartir estopa. Y se pasan tres estaciones. La represión contra mujeres y niños es tan brutal que llega a los periódicos y todo el país se escandaliza. El Congreso se lleva las manos a la cabeza, se da por enterado y abre una investigación.

La patronal decide poner el freno y tras nueve semanas de huelga por el pan y las rosas acepta asumir algunas reivindicaciones: descenso del ritmo de producción en planta, pago de algunas horas extraordinarias, mejoras en seguridad laboral, aumentos salariales del 15% y de hasta el 25% en los tramos más bajos, readmisión de despedidos, reducción de jornada sin reducción de sueldo. Los logros de la huelga llegaron a 150.000 trabajadores y trabajadoras de todo el estado de Massachusetts y New England.

Mientras vamos marchando, marchando, innumerables mujeres muertas
van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan.
Sus espíritus fatigados conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza.
¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!
A medida que vamos marchando traemos con nosotras días mejores.
¡Queremos compartir las glorias de la vida: pan y rosas, pan y rosas! 

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