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dilluns, 30 de gener de 2017

Olof Palme. 1927.


'De Vietnam a Nicaragua, de El Salvador a Palestina, del Sáhara a Sudáfrica, a lo largo de toda la superficie del globo, las banderas cuelgan a media asta en cariñosa memoria de este gigante de la justicia que llegó a convertirse en un ciudadano del mundo, un hermano y un camarada de todos los oprimidos'.
Oliver Tambo, presidente del Congreso Nacional Africano.

Hoy hubiera cumplido, quizás, los 90 años. Y hubiéramos escuchado su voz, seguro, denostando a Trump en foros internacionales, clamando contra la cesión de la gestión de las crisis humanitarias a las mafias internacionales, denunciando los intereses industriales y financieros tras cada conflicto bélico más allá de nuestra zona de confort. Sí, Olof Palme no se callaba la boca y resultó un primer ministro incómodo para muchos.

Nacido en una familia acomodada, primer ministro sueco de 1969 a 1976 y entre 1982 y 1986, podría haberse dedicado a ver caer la nieve. Universalista, prefirió soltar collejas a Washington y Moscú cuando lo creía necesario, se opuso rotundamente a la guerra de Vietnam, enfrentado sin esconderse al asesino Kissinger (al que por cierto la Academia de su pueblo dio un Nobel de la Paz), dando apoyo a la lucha antifranquista, Castro o Allende por diversas razones, sintiéndose hermano de los apaleados por el apartheid en Sudáfrica, los humillados en Palestina, sosteniendo un compromiso ético para con el llamado Tercer Mundo, esos parias de la tierra, famélica legión.

Pacifista, convencido de poder profundizar en democracia para construir socialismo, trabajó para disminuir la desigualdad en los ingresos de las diferentes clases sociales e hizo de Suecia un país acogedor, abriendo puertas incluso a los kurdos pese a su animadversión a los procederes de Abdullah Ocalan. En su segunda etapa como primer ministro, con el país soportando un considerable déficit presupuestario y una deuda externa poniéndose chula, se devaluó la corona y bajaron salarios para salir de la situación. Los sindicatos aceptaron porque se fiaban de aquel tipo. Salieron de la crisis. Tras su muerte las medidas económicas empezaron a imponerse desde fuera.

Un hombre íntegro suele ganarse muchos enemigos. La noche del 28 de febrero de 1986, mientras paseaba con su mujer al salir del cine, Olof Palme fue asesinado en plena calle. El muerto se lo cargaron a un delincuente toxicómano, absuelto años después por falta de pruebas. La policía se tomó la investigación con mucha calma y a día de hoy todo son elucubraciones sobre la verdadera autoría del crimen. Lo único cierto es que sigue faltando su voz, la voz que haría sonrojar las vergüenzas de todos los 'socialdemócratas' que nos has tocado sufrir tiempo ha, preocupados únicamente en el estado de su bienestar.

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