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dilluns, 2 de gener de 2017

Paulo Garaialde. 1982.


Noche del 2 de enero de 1982, Paulo Garaialde Jauregizabal, hijo de molineros metido a taxista y lo que haga falta para sacar adelante a sus 7 hijos, celebra los 60 años rodeado de los suyos en casa, en Alegia. Llaman al teléfono requiriendo un servicio de taxi. Ni son horas ni el día más indicado para el servicio, pero en fin, hay que trabajar. Paulo no volverá.

Al día siguiente la familia se inquieta por la tardanza y ya de buena mañana llaman a hospitales y Dirección Provincial de Tráfico, temiendo un accidente. Nadie sabe nada. Hasta que por la radio escuchan que un guardia forestal ha encontrado el cadáver de un taxista, con las manos atadas en la espalda y dos tiros de escopeta en la cabeza, cerca de las vías del antiguo ferrocarril de Plazaola, en un camino a las afueras de Berastegi.

La familia Garaialde Salsamendi va al cuartel de la Guardia Civil para pedir información. Los tratan a patadas, que se vayan al cementerio de Tolosa si quieren reconocer al cadáver de marras y que dejen de molestar. En el cementerio reconocen el cuerpo de Paulo, que será enterrado tras el funeral en la parroquia de San Juan Bautista, que se ha quedado pequeña, porque a Paulo, católico practicante, votante del PNV, buena gente, sólo se le conocen amigos que le aprecian.

El Mando Único de Lucha Antiterrorista abre dos vías de investigación. Una va hacia ETAm y la otra ni se sabe. La Triple A reivindica el asesinato y se disculpa, que lo sienten, que se han equivocado de taxista pero tampoco era cosa de dejar testigos vivos. Y se acaban las líneas de investigación. Si la familia intenta remover el caso reciben una llamada anónima invitándoles a callar y Santas Pascuas. Silencio. Incluso en 2003 Paulo Garaialde aparece en una lista de muertos a escopetazos por ETA publicada por El Mundo.

Al mes de enterrado, el juez Luis Blánquez Pérez sobreseyó el caso. Blánquez Pérez es un tipo que ha ido acumulando sanciones y ha sido investigado por corrupción. Por decirlo.

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