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dilluns, 13 de febrer de 2017

Bombardeo Barcelona. 1937.


Barcelona, hoy mismo hace 80 años. 13 de febrero del 37. Calle del Peligru, hoy Perill. Aquí, en la esquina con calle Venus, caen las primeras bombas, las disparan los becarios italianos del Eugenio di Savoia, que en teoría apuntaban a la fábrica Elizalde, dedicada a la producción de motores de aviación. No acertaron ni una. Acabada la guerra, Franco utilizó la fábrica para servir motores de Junkers a la Luftwaffe. 

A partir de ese día todos los bombardeos serán aéreos, modalidad en prácticas, en un ensayo metódico y programado de lo que se les viene encima a los europeos que en ese momento mira hacia otro lado. Bombardeos indiscriminados sobre la población civil, por saturación, en picado, científicamente testado, que deja enormes socavones en las calles y en las mentes.


Socavones en los que anida el miedo y el terror, que harán su implacable trabajo. Volviendo a la Luftwaffe, su edificio y mando central en Berlín fue el único en sobrevivir a los bombardeos aliados que dejaron en ruinas el resto de la ciudad. Atualmente aloja al Ministerio de Hacienda alemán. Por decirlo.

Sigo por Bonavista hasta paseo de Gràcia. Aquí se instaló la Junta de Defensa Pasiva. La defensa pasiva es lo que lucimos la mayoría cuando nos llueven hostias. En Barcelona, en marzo de 1938 lloverán hostias en forma de bombas. Los fascistas se habían pasado la legalidad democrática por Algeciras y no tardarían en pasarse la legalidad internacional por los Savoia y los Junkers.

Desde la Junta de Defensa Pasiva, Manuel Muñoz Díez, concejal de urbanismo y obras públicas del Ayuntamiento de Barcelona, inicia todo el despliegue para proteger a la población civil de los bombardeos. Un ingente trabajo colectivo que se traducirá en manuales de uso en caso de bombas, adecuación del metro como refugio antiaéreo y la excavación y habilitación de 1401 refugios, obras de ingeniería popular que salvarán miles de vidas.

Barcelona sufre tres días consecutivos de bombardeos del 16 al 18 de marzo de 1938. La gente pasa horas y horas en refugios a más de diez metros bajo el suelo. En su gran mayoría han sido construidos por los vecinos, a través del tejido social implantado en los barrios, que organizan las tareas de defensa pasiva. La mayor parte de esos vecinos son mujeres, niños y ancianos.

La resistencia a las bombas tiene a veces su poética. Bajo la plaza de la Revolució, una modesta arquitectura del tiempo de los romanos, una bóveda, un muro de ladrillo, resisten la más avanzada tecnología de destrucción. No resistirán las reformas estructurales urbanas que sufrirá la ciudad y de los 1401 refugios excavados sólo quedan restos de dos. Del 39 para acá los sucesivos concejales de urbanismo del Ayuntamiento han seguido las pautas marcadas por la aviación italiana. La desmemoria es otro tipo de bomba muy efectiva.

Hoy, en Barcelona 2017 llueve y hace frío. Ya no hacen falta bombas para dejar a la gente sin casa. Eso lo hacen directamente los bancos que no hace tanto financiaban las bombas que caían sobre Barcelona, Madrid, Granollers... En el metro gente sin casa se prepara a pasar la noche, buscando refugio a más de diez metros bajo el suelo. A veces la memoria es mirar el presente. Y aquí, bajo tierra, no acabo de encontrarle la poética.


(La foto de la calle Perill es obra de Ricard Martínez y su imprescindible trabajo que pueden encontrar en Arqueologia del punt de vista).

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