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dimarts, 21 de febrer de 2017

Margarethe Faas Herdegger. 1882.


'Suelo encontrarme con los más pobres y vulnerables de todos, los que están abajo de todo en la escala social, y ahí estamos nosotras, las mujeres obreras. Para estas personas, la esperanza, el aliento, la vida sólo será posible en una sociedad enteramente nueva'.

Se conmemora el 135 aniversario del nacimiento de Margarethe Faas Hardegger. Nació en Berna, en la plácida Suiza, ya saben, 500 años de amor, paz y democracia para inventar el reloj de cuco. Y el secreto bancario para corruptos y evasores, que también es muy cuco.

Hija de funcionario de telégrafos y matrona, quisieron prepararla para telefonista aprovechando los contactos de papá. Salió respondona y dijo que no. La metieron en un internado. No renunció al mundo exterior y se fue a la Universidad, probó Medicina y se decantó por Derecho, por aquello de la justicia. No la había, menos para las mujeres.

Margarethe recala pronto en los círculos libertarios y conoce de cerca la realidad de las obreras del textil, ancladas a la miseria y a la resignación. Un sueldo de mierda las aleja tanto del reconocimiento social como de la posibilidad de independencia, además los varones las consideran intrusas que les quitan trabajo. Sí, claro, por eso se presentan voluntarios para sustituir a las hiladoras de algodón, obligadas a sumergir las manos en recipientes con agua a punto de ebullición y expuestas a las emanaciones que las postran en cama. Por eso se apunta a trabajar en el apresto escocés con jornadas de 11 horas a 40 grados de temperatura.

Margarethe Faas las llama a afiliarse al sindicato, a liderar huelgas, a luchar por el acceso a la educación y al voto. Para dar ejemplo, con 21 años, funda la Federación suiza de obreros y obreras del textil, y dos años más tarde, madre de dos hijas, se convierte en la primera secretaria mujer de la Unión Sindical Suiza. Sólo un 1'5% de las afiliadas al sindicato son mujeres.

Su activismo libertario, feminista, sindical y antimilitarista la llevan a perder el trabajo. Será por trabajo pendiente. Crea secciones sindicales, cooperativas de consumo y el periódico La Explotada.

'La mujer es evidentemente igual al hombre, pero las costumbres quieren hacerle creer que es inferior. La mujer es una eterna perseguida que pasa de la dominación religiosa a la servidumbre jurídica y política. Cuando niños y niñas reciban la misma instrucción, y sobre todo cuando las familias eduquen a niños y niñas de la misma manera y por la misma libertad, entonces la causa feminista habrá ganado, porque sólo hay una emancipación, la de los dos sexos'.

Faas estará al lado de las tintoreras en huelga de La-Chaux-de-Fonds que reclaman más sueldo y menos horas de jornada laboral, y de las cigarreras de Yverdon. Gustav Landauer la llama a formar parte de la Liga Socialista para ponerse al frente del diario El Socialista. Faas, que acaba de dejar el sindicato harta de su burocratización, acepta. La idea es poner en práctica el comunismo libertario en colonias y oponerse a los vientos de guerra que soplan por todas partes.

Margarethe Faas es demasiado libre y su voz clara por los derechos de la mujer, el amor libre, la libertad sexual, la libertad de pensamiento, el derecho al aborto y la contracepción le cuestan la expulsión de la Liga Socialista. Y le cuestan continuas entradas en la cárcel, con penas diversas de tres meses a un año según los cargos. La más larga por haber prestado ayuda en diversos abortos.

Tras la sangría de la I Guerra Mundial busca la paz en las colonias libertarias de Herrliberg primero y Villino Graziella, en Minuiso, después. No funcionarán por falta de fondos y divergencias internas. Margarethe Faas y su compañero Hans Brunner saldrán adelante con una carpintería. Pero no se retira de la lucha por un mundo mejor, que eso sería resignarse y la resignación siempre ha sido muy mal sueldo.

Durante la guerra de España crea una asociación de ayuda a los huérfanos que dejan las bombas fascistas y durante la II Guerra Mundial convierte su casa en refugio de los perseguidos del nazismo. Al terminar la II Guerra Mundial redobla su militancia en el pacifismo.

En 1963, en la primera Marcha por la Paz y contra las armas nucleares que se realiza entre Lausanne y Ginebra camina una mujer de 81 años y la mirada limpia de los que han abrazado mucho. Es Margarethe Faas Hardegger, que morirá antes de acabar el año, ligera de equipaje.

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