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dijous, 10 d’agost de 2017

Manuel Pérez Fernández. 1887.


Acumular más de medio centenar de ingresos en prisión en diferentes países no siempre implica que seas una mala persona, a veces más bien todo lo contrario. Manuel Pérez Fernández, del que hoy se celebra el 130 aniversario de su nacimiento en Osuna, era un buen tipo.

La familia de Manuel, con tres generales en nómina, tiraba mucho de rosario. Emigraron a Brasil. En Río de Janeiro estudió en el Liceo de Artes y Oficios y se hizo ebanista, entrando en los círculos libertarios para disgusto de papá, que en su momento consideró una gran lección el asesinato de Francisco Ferrer i Guàrdia. Y en ese momento Manuel decidió marchar de casa.

Metido hasta las cejas en el mundo sindical, Manuel Pérez Fernández participó activamente en la huelga general de julio de 1917 y el intento de revolución de finales de 1918, vapuleado por una epidemia de gripe española que hizo estragos en las clases populares y por los infiltrados en el movimiento, con mención especial para el teniente Jorge Elias Ajus, topo del Ejército y máximo responsable de la estrategia de la rebelión. El intento de revolución acabó con centenares de detenciones y la disolución de los sindicatos.

A Manuel se le empieza a leer en el semanario Spartacus y a escuchar en la organización de diversas huelgas, así que las autoridades decretan su expulsión del país. A finales de 1919 desembarca como polizonte en Vigo para ser detenido al momento por no llevar documentación. Las autoridades españolas le brindan hospedaje en su red de paradores nacionales para díscolos: Prisión Provincial de Vigo, Modelo de Madrid i El Pópulo de Sevilla, desamortizado convento de los agustinos descalzos reconvertido en prisión.

Una vez puesto en libertad se queda en Sevilla para dedicarse a lo suyo, la carpintería y organizar sindicatos. Las autoridades también se dedican a los suyo. Lo detienen otra vez, lo enchironan y lo amarran a una cuerda de presos para desterrarlo a Cabezas Rubias, en Huelva. Hasta la amnistía de 1922, que aprovecha para volver a Sevilla con su compañera Teresa.

Nombrado Secretario de la Federación Local de la CNT de Sevilla, a Manuel Pérez se le ve y se le escucha en actos al lado de Salvador Seguí, Felipe Alaiz y Pedro Vallina. Para disuadirle de tan perniciosas compañías, los de siempre lo destierran a Lisboa, aprovechando para militar en la Unión Anarquista Portuguesa, trabajar por la creación de un sindicato anarquista ibérico y escribiendo en el periódico A Batalha. Y sí, se veía venir, lo expulsan del país y se instala en Francia, desarrollando una incansable actividad sindical en París, Le Havre y Marsella.

Regresa a Huelva con el tiempo justo para ver morir a su compañera Teresa, gravemente enferma, que le deja al cuidado de tres hijas. Necesitado de ingresos consigue enchufarse como ebanista en la construcción del pabellón brasileño de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Lo consigue gracias a su antigua amistad con Paulo Vidal, comisario general de la exposición, que se lo llevará con toda su familia a la Exposición Universal de Amberes como jefe de la oficina de prensa, que para algo le sirve hablar perfectamente español, portugués y francés.

Cuando Manuel Pérez volvió a España fue para quedarse un tiempo en Donosti y crear la Federación Local de Oficiios Varios de la CNT para no perder las buenas costumbres. Las nuevas autoridades de la II República tampoco parecen haber perdido las malas costumbre y le obligan a huir a las Canarias. Y pasa lo que pasa, que en Santa Cruz de Tenerife se pone a dirigir el periódico En Marcha y las huelgas revolucionarias de enero y diciembre de 1933. Lo destierran y lo encarcelan. En Zaragoza.

El golpe de Estado fascista lo pilló a bordo de un barco destino a Mallorca, en manos de los golpistas. Manuel Pérez permanecerá escondido en el isla cuatro meses gracias a la anarquista Julia Palazón, que le conseguirá documentación falsa hasta que pueda escapar primero a Menorca y luego a Valencia. Por su edad, tiene ya 50 años, no irá al frente, salvo en los hechos de mayo del 37.

Al terminar la guerra es detenido en el puerto de Alicante y recluido en los campos de concentración de Los Almendros y Albatera. Su pasaporte brasileño resultó un buen salvoconducto y las presiones del consulado consiguieron embarcarlo hacia Brasil, a Río de Janeiro. La vida da estas vueltas.

Manuel Pérez Fernández siguió en primera línea, promoviendo actos de denuncia del franquismo, fundando y escribiendo en Açao Directa y formando parte del grupo de otro buen tipo, José Oiticica, y colaborando en diversas publicaciones. Murió a los 77 años de edad en una residencia de ancianos de Río de Janeiro, que a él no le ataba ninguna cárcel.


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