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dilluns, 23 d’octubre de 2017

La Jamancia. 1843.


'Dirigiré mi última mirada sobre esta hermosa capital con la más viva satisfacción, por haberla salvado de la ruina que la amenazaba y por haber destruido el germen de disolución que debía acabar con su prosperidad. Catalanes, conservad la paz y sed felices'.
José Laureano Sanz y Soto de Alfeirán

No es por dar ideas, pero un 23 de octubre de hace 174 años las bombas caían como chuzos de punta sobre Barcelona. No era la primera vez. Ni la última. No hacía ni un año que Baldomero Espartero había reurbanizado la ciudad desde el mirador de Montjuïc. Espartero, militar liberal (con prevalencia de lo primero), ídolo de masas jaleado por la hinchada progresista y el pueblo en general. Barcelona lo tenía en consideración de héroe por su victoria sobre el carlismo. Hasta que se subió a Montjuïc en noviembre de 1842 y pim pam pum.

Bueno. Octubre de 1843. Las bombas caen como chuzos en punta sobre Barcelona. La tormenta viene de meses atrás, cuando un movimiento de moderados y liberales echa a Espartero de la regencia y del país. El nuevo gobierno, que se presenta ante el respetable con el lema Constitución de 1837, Isabel II y Junta Central, no tarda en pasarse por el forro ese lema. Las calles de Barcelona arden ante esa traición. La milicia popular, el Batallón de la Blusa al mando de Juan Castells, toma las Atarazanas abandonadas por el Ejército con todas las armas dentro.

El mes de septiembre transcurrirá entre las escaramuzas que mantienen sublevados, constituidos en la Junta Suprema Provisional de la Provincia de Barcelona, y ejército leal al gobierno, fortificados primordialmente en el castillo de Montjuïc y la Ciudadela, y manteniendo posiciones privilegiadas en Gracia y la Barceloneta.

La Junta Suprema asegura que la revuelta está triunfando en el resto de Catalunya y en varias provincias españolas. Por si acaso, miles de ciudadanos irán abandonando la ciudad buscando refugio en casas de familiares que viven en los campos próximos. Por si acaso, que han llegado a la ciudad dos colegas de Reus con ganas de guerra: los militares Joan Prim y Llorenç Milans del Bosch.

El 7 de septiembre se lanzan las primeras 100 bombas desde Montjuïc, todas sobre las Atarazanas. El gobernador de las Atarazanas, Francisco Torres y Riera, responde enarbolando bandera negra, lucha a muerte. Días después abandona la ciudad por la puerta de atrás, por si acaso.

Los rebeldes en armas, los jamancios (la revuelta se conoce como La Jamancia, del verbo jamar, comer en jaló, y del nombre que se daba a la paga de cinco reales que recibían) son una tropa bullanguera que suele lucir barba Luchana y viste blusa azul, pantalón gris hasta media pierna, alpargatas, barretina con calavera plateada y una sartén pequeña de plomo prendida en el pecho. Con esa sartén cargan sobre el enemigo al grito de madurs a la paella / moderados a la sartén. Y muestran un talento compositivo para sus himnos que será recuperado años después por Georgie Dann: Chim, chim, chim, / ¡viva la Junta, viva la Junta! / Chim, chim, chim, / ¡viva la Junta y muera Prim!, cantan alegres.

Los jefes de la revuelta salen al balcón después de un banquete para gritar a la concurrencia enardecidos vivas a la Junta Central, a la independencia de Catalunya, a la reina Isabel niña Isabel ten cuidado y al pueblo soberano. Los ánimos irán enturbiándose a medida que pasan los días, caen algunas bombas, llegan las noticias de la campaña de Prim corriendo a sablazos y artillería a los rebeldes, las progresivas deserciones de mandos y tropa, el fracaso de la revuelta en provincias y el hambre. Hay mucha hambre. Los animales domésticos empiezan a desaparecer.

El nuevo capitán general de Catalunya, el teniente general José Laureano Sanz y Soto de Alfeirán, aboga por la paz y la concordia dentro del marco constitucional al tiempo que decreta el bloqueo sobre Barcelona para matarla de hambre.

La madrugada del 7 de octubre los revolucionarios intentan la toma por sorpresa de la Ciudadela. La sorpresa se la llevan ellos cuando ya en el tramo final enfilan las escaleras de asalto para tomar el muro y descubren que han tomado mal las medidas y les queda cosa de metro y medio para culminar el ascenso con éxito. Son barridos en retirada sufriendo más de un centenar de bajas.

Así llegamos a los días del 22, 23 y 24 de octubre, en los que caen 4.825 proyectiles sobre una ciudad hambrienta y muy despoblada ya, con cárceles y conventos habilitados como hospitales completamente desbordados. Las bombas continuan cayendo mientras se negocia la rendición. 12.000 bomas después, Barcelona se rinde el 19 de noviembre, quedando centenares de edificios y viviendas en ruinas, un frente marítimo despejado que inspirará futuros planes urbanísticos, una bomba incrustada en la fachada de una casa de la calle Sócrates y una estatua a Prim que derribarán las Juventudes Libertarias en 1936 y será repuesta en dictadura en el parque de la Ciudadela, para que al menos las palomas puedan cagarse a gusto. El que no se conforma...

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