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dimecres, 22 de novembre de 2017

Ettore Bonometti. 1872.


El Estado ya tiene cierta tendencia natural a aplicarte encima el 155, le llame como le llame y rime con lo que rime. Si no que se lo digan a Ettore Bonometti, nacido hoy hace 145 años en Brescia. Papá y mamá eran clase obrera comprometida y él se comprometió pronto. A los 18 años formaba parte del grupo libertario La Rivolta.

Antes de cumplir los 20 ya lo encerraron en prisión. Por cantar. Era primavera, qué iba a hacer. Además, una revuelta sin canciones es poca cosa. En verano volvieron a detenerle y encarcelarlo, por manifestarse contrario a la monarquía. Muy picajosas sus majestades. Al cumplir los 21 volvieron a meterlo en chirona por pensar lo que pensaba y tres meses después lo mismo por decir en voz alta y plaza pública lo que pensaba. Antes de cumplir los 23 vuelve a entrar en prisión y para celebrar los 23 en paz da esquinazo a la policía, que ya estaba por presentarse sin invitación para regalarle una estancia larga en un islote de Tremiti, y huye a Suiza.

Suiza parece un sitio tranquilo, y para seguir siéndolo las autoridades lo detienen en Lugano junto a su hermano y 15 compañeros más y les dan patada para Alemania, que se los saca de encima y los manda a París para que los detenga la gendarmería y los embarque para Gran Bretaña. Y ya que están allí aprovechan para participar en el Congreso Internacional Socialista como delegado del grupo anarquista La Comuna, de su Brescia natal.

Pasados dos años regresa a Brescia a ver si las cosas se han calmado. Se han calmado un poco y decide animarlas participando en varios motines populares, que las cosas estarán calmadas pero también muy caras. Se acuerdan de su cara y van a por él, que vuelve a escaparse hacia Londres. Pasará allí 14 años, lejos de casa, o no, que frecuenta conversaciones con Errico Malatesta y Pietro Gori, cantando, seguro, brazo sobre hombro, Addio a Lugano.

En 1912 regresa a Italia y está entre los fundadores de la Unión Sindical Italiana. También se mete de lleno en el movimiento antimilitarista ante los tiempos de matanza que se avecinan.

Ettore Bonometti se puso al lado de los soldados de Brindisi que se negaban a ir a pegar tiros a Albania y se puso al lado de Augusto Masetti, libertario que esperando en el cuartel Cialdini de Bolonia la orden de ir a pegar tiros a Libia, vio claro que el enemigo no estaba en las costas libias, si no viviendo a su costa, y le pegó un tiro al coronel. Esa acción, penada con la muerte, dio fuerzas al movimiento antimilitarista, y el Estado, para evitar un mártir, lo declaró loco y pasó buena parte de su existencia encerrado en psiquiátricos.

En Brescia, Ettore participó en la fundación de la Unión Anarquista Italiana y refugió en su casa a Errico Malatesta, ayudándole a huir de la persecución policial, tal como a él le ayudarían a huir otros compañeros, en un viaje que le llevaría de expulsión en expulsión nuevamente por Gran Bretaña, Francia y Suiza. Ya puesto, volvió a Italia. No pasó de Milano. Lo condenaron a deportación, pero por su precario estado de salud lo dejaron en arresto domiciliario.

En arresto domiciliario pasó los años del fascismo y la guerra, utilizando su taller de zapatero como centro de reunión. No dejó de entrar y salir de comisaría, que por lo visto seguían sin tener claro de qué iban las convicciones de Ettore Bonometti pese a no moverse ni un ápice de ellas, que ya bastante se había movido él.

Acabada la II Guerra Mundial organizó un gran mitin libertario en Brescia. Acudieron 50 personas. Y fueron creciendo, animadas por aquel septuagenario que moriría activo a los 88 años, y más que hubiera vivido de no haber muerto en un accidente de circulación, siempre llevando el volante de su vida.

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