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divendres, 17 de novembre de 2017

Román Delgado Monteagudo. 1952.


Hace 65 años moría en su México revolucionario y querido Román Delgado Monteagudo. El gobierno mexicano le había concedido la nacionalidad mexicana unos años antes. Román era más de tierras que de patrias y la aceptó como un gesto de acogida y ya ahí, acurrucado, se dejó acoger por la tierra tras 58 años vividos a conciencia.

Román Delgado arribó al mundo en El Ferrol y a los 16 años ya dejó oír su voz clara en la huelga de peones del dique, andaba en la primera fila de la huelga de forjadores poco después y aún le dio tiempo a integrarse en el comité de huelga de los ferroviarios. Las autoridades, huelga decirlo, lo pusieron en su punto de mira por 'incitación a la rebeldía'. Lo detuvieron junto a su hermano mientras denunciaban con nombres y apellidos a los encargados de la Sociedad Española de Construcción Naval que se pasaban de la raya en sus atribuciones.

Román Delgado, junto a compañeros libertarios y también socialistas y republicanos, ayudó a abrir las puertas del Centro Obrero de Cultura y Beneficencia de Ferrol, semilla de las escuelas racionalistas que abrirían después y que organizaba excursiones instructivas, clases nocturnas, conferencias y un servicio de biblioteca.

Internacionalista, organizó suscripciones de solidaridad para ayudar a los hermanos Flores Magón, encarcelados en Estados Unidos, y los obreros represaliados en Argentina. Las autoridades locales le animaron a demostrar su internacionalismo andando y huyendo de la policía acabó embarcando a Cuba. En Cuba participó en la organización de las huelgas de los obreros del azúcar en Camagüey y Guantánamo. Lo expulsaron

Rodando rodando llegó a San Antonio, Texas, formando parte de un grupo magonista encargado de organizar a los trabajadores del petróleo en Tampico. Allí se quedó, engrosando las filas del sindicato revolucionario La Casa del Obrero Mundial y trabajando de soldador en una refinería.

Lo encarcelaron en Querétaro por su actividad sindical y al salir se dedicó a dar conferencias y charlas. Las autoridades locales de aquí tampoco eran de mucho charlar y se empeñaron en deportarlo. Román hizo maletas, con más libros que ropa, y con 20 años se planta en Nueva York.

En Estados Unidos escribe en varias publicaciones anarquistas y se convierte en editor del periódico Germinal. No es un gran negocio, pero ya se sabe, algunos invierten en valores de mercado y otros en valores éticos, como partirse la cara en las huelgas generales de los trabajadores del petróleo en 1917. Le invitan a marcharse por agitador.

De vuelta a México se instala en una granja que ha montado en Ticomán con su compañera Atanasia Rojas y lleva en sus brazos a sus hijas Armonía y Vida. En esa granja, y a través del anarquista José Miño, acogerá a Durruti y Ascaso en su exitosa gira de expropiaciones por América Latina. En agradecimiento le dejan en depósito uno de aquellos préstamos a bajo interés tomados a bancos y grandes empresas con el encargo de poner en marcha una escuela racionalista y un periódico que dé voz a los silenciados.

En 1933, tras asistir a un acto de la Federación Local de Grupos Anarquistas de México, las autoridades de marras se presentan en su casa esgrimiendo el artículo 33 de la Constitución: el Ejecutivo de la Unión tendrá la facultad exclusiva de hacer abandonar el territorio nacional, inmediatamente y sin necesidad de juicio previo, a todo extranjero cuya permanencia juzgue inconveniente. Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país. Sí, las Constituciones tienen a veces un ramalazo... Lo empaquetan en Veracruz con destino a España.

Afortunadamente para él, gracias a las gestiones de su familia, regresó a México antes de acabar el año y más adelante se le concedería la nacionalidad mexicana, agradeciendo el detalle dejando oír su voz clara y tendiendo la mano a muchos de los republicanos que no tardarían en llegar.

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