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dimarts, 27 de febrer de 2018

Incendio del Reichstag. 1933.



La noche del 27 de febrero de 1933, hoy se cumplen 85 años, el Parlamento alemán echa chispas. Literalmente. El Reichstag arde a conciencia. Adolf Hitler, canciller desde hace cuatro semanas al frente de un gobierno de concentración nacional de derechas, le carga el mochuelo a los comunistas y cenizas a la mar.

A las puertas del Reichstag en llamas es arrestado y acusado de perpetrar el incendio un ex militante comunista, holandés errante de Leiden, Marinus van der Lubbe, un joven de 24 años fortachón y medio ciego. Le sacuden a conciencia y confiesa su acción. Acabará perdiendo la cabeza. Literalmente. Es guillotinado en enero del 34. En el paquete intentan meter a Ernst Torgler, líder del grupo parlamentario comunista, y a tres comunistas búlgaros que pasaban por allí. Los tres serán absueltos por falta de pruebas. La justicia alemana anuló la condena de Lubbe en 2008.

Curiosamente, Alemania se encuentra en plena campaña electoral. Hitler ha convencido al presidente Paul von Hindenburg, que está gagá, para adelantar elecciones. Está obsesionado con la mayoría absoluta que le permita hacer y deshacer, sobre todo deshacer, a su antojo. Su objetivo es aplicar la Ley Habilitante, perversidad contenida en la Constitución de Weimar para otorgar todo el poder al Canciller y pasarse por el forro al Reichstag. Al Reichstag se lo pasan por las llamas, una afición muy nazi, aplicada lo mismo a libros que a una aldea rusa.

Allí, frente a las llamas, puntuales, están Hitler y Hermann Göring, ministro de Interior, que pone en marcha la detención y represión de elementos comunistas, a los que se acusa de estar detrás del incendio y de andar preparando una revolución. Göring se jacta de haber detenido a 5.000 comunistas esa sola noche. Las listas ya estaban redactadas hace tiempo. Primero vinieron a buscar a los comunistas.

Son tantos los detenidos que empiezan a construirse campos de concentración para retenerlos y que no molesten. Joseph Goebbels pone en marcha la maquinaria de propaganda, vendiendo seguridad y firmeza a cambio de una mayoría de dos tercios que les permita incinerar la democracia a gusto.

Ya en su momento parecía raro que una sola persona tuviera la capacidad física de llevar a cabo el incendio, tal como se produjo, con varios focos. Documentos desclasificados en los años 90, llevaron a varios historiadores alemanes a concluir que la autoría del incendio lleva la firma de un comando de 10 personas de las Secciones de Asalto de Ernst Röhm. Los miembros del comando, como el mismo Röhm, fueron asesinados durante la noche de los cuchillos largos del verano del 34, triturados por el horror que tan animosamente habían alimentado.

El 28 de febrero, Hitler le lleva a Hindenburg el 'Decreto para la protección del pueblo y el Estado' elaborado desde el ministerio de Interior y que concentra todo el poder en el gobierno del Reich, elimina todos los derechos fundamentales, permite registros y detenciones arbitrarias, cierra periódicos e instaura la pena de muerte para los traidores a la patria. Hindenburg, en su viaje sin retorno a la demencia senil, lo firma. Lo mismo hubiera firmado la compra en cómodos plazos de una enciclopedia sobre arte etrusco. A pocos días de las elecciones empiezan las detenciones en masa y la prohibición de los partidos de izquierda y toda oposición al gobierno. Camino despejado.

El partido nacional socialista gana las elecciones pero sigue sin tener la mayoría necesaria para aprobar la Ley Habilitante. Para conseguirlo acaban pactando con los centristas católicos, que prefieren entregarse a la divina providencia antes que a la responsabilidad política. Luego vinieron por los católicos.

El 23 de marzo se aprueba la Ley Habilitante que centraliza todo el poder en el gobierno. 'La voluntad del Führer ha quedado establecida totalmente, los votos ya no importan más', ilustra Goebbels. La cámara parlamentaria da paso a la cámara de gas.

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