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dimecres, 14 de febrer de 2018

Simón Tapia Colman. 1993.



'Vengo aquí como quien no quiere la cosa, sin hacer ruido. Jubilarse es morirse un poco, y yo no quiero. Si me jubilo, será para trabajar más en lo que me gusta. Lo importante en la vida no es recibir, sino dar'.

Un anciano de 88 años gasta sus últimas fuerzas cantando ópera en una cama de hospital en Ciudad de México. Es una ópera en tres actos aún por concluir que lleva por título Iguazú y es un homenaje a las culturas precolombinas. El anciano mira por la ventana y ve a un niño de 11 años tocando el violín para unos almendros en flor en un pequeño pueblo de Zaragoza. El niño se llama Simón Tapia Colman y ya tocaba el violín en las fiestas de Aguarón con solo 6 años.

A Siimón le enseñó solfeo su padre, clarinetista, y su dedicación y talento hizo el resto. Un día practicaba con la partitura clavada en un almendro, dejando boquiabierto a Juan José Lorente Millán, republicano, periodista, autor de comedias teatrales y libretos de zarzuela. Le consiguió una beca para la Escuela Municipal de Música de Zaragoza. Empieza a dar conciertos como solista que le procuran una beca para ampliar estudios en Madrid. Los amplía tanto que le dan otra beca para estudiar en París.

A la vuelta de París crea el Cuarteto Colman y se va de gira por Europa, África y Asia, componiendo lo que acabará siendo un legado de más de 200 obras, música sinfónica, música ligera y corales. Buena parte de ese legado será arrasado por la guerra que empieza a devastar España en su más amplio sentido en julio de 1936.

Simón milita en la CNT, siendo instructor de tiro en Barcelona, y es miembro del Grupo Hispania de la FAI barcelonesa, a la que representa en el Pleno Peninsular en Valencia. En un país más de cornetas que de violines acaba cruzando la frontera para acabar en los campos de concentración franceses, en Saint-Cyprien y Agde.

Simón Tapia Colman consiguió embarcar en el Ipanema destino a Veracruz. Llegó a México el 7 de julio de 1939, en aquel exilio de lo que pudo ser un país. Allí estaban Rodolfo Halffter, compositor muerto en el exilio; el director de orquesta y ensayista Gustavo Pitaluga; Jesús Bal y Gay, compilador del Cancionero Gallego que tan útil sería a Milladoiro, que organiza el servicio de música de la Residencia de Estudiantes y es una de la almas de la Junta de Ampliación de Estudios, y que llega a México con su mujer, la compositora y pianista Rosa García Ascot, alumna de Manuel de Falla; el intelectual, compositor e historiador Adolfo Salazar, muerto en México...

En México será, además de una mano tendida y una risa siempre dispuesta, violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional, fundador y director del Coro de México, profesor y director del Conservatorio Nacional de México, investigador del Instituto Nacional de Bellas Artes, catedrático de Estética de la Universidad Iberoamericana, miembro del Instituto Mexicano de Ciencias y de Humanidades y en 1956 fue el primer mexicano al que la BBC le estrenó una sinfonía con la Orquesta de Manchester.

En España, o lo que quedaba de ella, se le ignoraba y se hacía desaparecer su obra, mientras él le imprimía belleza en piezas como Estampa de Iberia, Suite Española o Leyenda gitana. Volvería fugazmente a Zaragoza en 1989 para recibir homenaje.

Simón Tapia Colman moría el 13 de febrero de 1993, ayer se cumplían 25 años, en una cama de hospital, musitando pasajes de una ópera inconclusa y mirando por la ventana a un chaval de 11 años que toca el violín para los almendros en flor.

En 2007 el director de orquesta e investigador José Luis Temes publica el disco libro Obra sinfónica completa. Simón Tapia Colman. Memoria, exilio, música, con sus piezas interpretadas por la Orquesta Filarmónica de Málaga, un bálsamo en un país de cornetas y bombos tocando a la carga.

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