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divendres, 16 de març de 2018

Barcelona. 1938.




El 16 de marzo de 1938, hoy se cumplen 80 años, Benito Mussolini ordena bombardear Barcelona. Bombardear a saco. Más exactamente 'Iniciar desde esta noche acción violenta sobre Barcelona con martilleo espaciado en el tiempo'.

Nada de objetivos militares o industriales. Bombardear a la población civil y destruir sus almas. Barcelona ya ha sufrido varios bombardeos, pero esta vez Mussolini quiere probar algo nuevo y el general Vicenzo Velardi, al frente de la Aviazione Legionaria con base en Mallorca, se apunta con entusiasmo. El fascismo siempre ha considerado a los seres humanos ratas de laboratorio.

La idea consiste en efectuar numerosos bombardeos, en diversos puntos de la ciudad y diversificando los intervalos de las incursiones, sin una pauta horaria concreta, provocando el caos, la incertidumbre y el pánico.

El primer bombardeo será a las 22.08 horas del 16 de marzo. El 17 de marzo los Savoia Marchetti dejarán su carga a las 00.05, 01.36, 07.36, 10.26, 13.38 y 22.18 horas. Ese día, en el bombardeo entre las 13.38 y 14 horas, una bomba revienta un camión cargado de explosivos en Gran Vía y provoca una matanza en el centro ciudad. El 18 de marzo las bombas empiezan a caer a las 01.14 horas de la madrugada y volverán a hacerlo a las 04.03, 07.00, 09.30, 13.11 y 15.00 horas.

La idea de Mussolini es aplicar el modelo de bombardeo durante unos quince días sobre las principales ciudades aún republicanas y así ganar la guerra. La guerra celere le llama, versión italiana de la blitzkrieg que no tardarán en poner en práctica por Europa las tropas alemanas.

En esos tres días en Barcelona mirabas al cielo y no veías a Dios, así que el Papa de Roma le pide al general Franco que modere su empeño cristiano en facturar almas a destajo.

El embajador de los Estados Unidos, Claude G. Bowers,  escribe sobre esos días: 'Las bombas se lanzaban deliberadamente sobre el centro de la ciudad, la zona más concurrida y habitada, mientras la gente estaba comiendo, paseando, descansando en sus camas. Cuando cesaron los ataques, 900 hombres, mujeres y niños estaban destrozados y convertidos en cadáveres y en muchos casos habían volado hechos pedazos'. Washington debe tomar buena nota, porque siete años después, el 18 de marzo de 1945, en un ataque con más de 1.300 aparatos, la fuerza aérea estadounidense descarga 3.000 toneladas de bombas sobre Berlín a pocas semanas de la capitulación alemana.

El general Franco, ese entusiasta de la muerte, tan leal compañera, teme reacciones internacionales molestas. Además, es más partidario de la agonía lenta. Lo suyo es ocupar y hacer una limpieza sistemática de todo posible opositor, sembrando las cunetas de muertos y dejando el terror en barbecho. Franco le pide a su socio italiano moderación y Mussolini acepta a regañadientes.

A eso de las 15.30 horas del 18 de marzo de 1938 parece que el cielo de Barcelona empieza a dar un respiro a la ciudad. Han sido 40 horas de bombardeos ininterrumpidos que han barrido edificios, escuelas y mercados, con una población en alarma permanente, sin dormir, con las sirenas solapándose unas a otras, sin saber si anuncian el inicio o el fin de los ataques. Han sido 13 ataques y 40 horas de terror con un rastro de más de un millar de muertos y más de 3.000 heridos, prácticamente la mitad de las víctimas de los 194 bombardeos que sufrió Barcelona durante toda la guerra.

Hasta el final del conflicto se vuelve al formato clásico de bombardeo indiscriminado sobre población civil de una sola tacada. La aviación italiana se despidió de Barcelona en enero de 1939, la ciudad derrotada, pasando en vuelo rasante por passeig de Sant Joan ametrallando a niños y gente mayor. La guerra y el fascismo se llevan bien, comparten el mismo odio por la vida.

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