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dijous, 29 de març de 2018

Jack Johnson. 1878.



'Soy negro, nunca dejasteis que olvidara que soy negro. De acuerdo, soy negro, nunca dejaré que lo olvidéis'.

Hoy se conmemora el 140 aniversario del nacimiento de Jack Johnson 'El Gigante de Galveston', descendiente de esclavos secuestrados en la actual Ghana. Abandonó la escuela para trabajar y abandonó el hogar para encontrar trabajo. A los 12 años se subió a un tren de mercancías en marcha y llegó a Nueva York viajando como polizonte. Trabaja de estibador portuario, modelando un cuerpo de 1'88 metros y 96 quilos de carne y músculo.

Cuando vuelve a Texas gana su primer combate de boxeo. Deja KO al imbécil que se está metiendo con su hermana. Sus puños no pasan desapercibidos y participa en los combates que organizan los señoritos blancos para divertirse, metiendo a un grupo de negros en un corral, encapuchados para no verse, y a ver quién es el último en quedar en pie y sin dignidad. Las carcajadas blancas templan la rabia en sus músculos.

Harto de victorias que son humillaciones se mete en el boxeo reglado de la mano de un profesional en retirada, Joe Choynsky. El boxeo era ilegal en Texas y acaban en la cárcel, un buen lugar para entrenar. Al salir de la trena empieza a sumar combates y victorias. Pero no está satisfecho, porque en esa época los campeones blancos se negaban a ensuciar sus guantes pegándose con un negro.

Johnson, más chulo que un ocho, empiza a perseguir al campeón del mundo, el canadiense Tommy Burns, retándole a un combate que Burns rechaza con desprecio. Dos años haciendo de cobrador del frac dan sus frutos. La cita será en Sidney, Australia, el 26 de diciembre de 1908.

En un recinto para la ocasión con 22.000 espectadores ululando a favor de Burns, un Johnson de inmaculada sonrisa se la pasa jugando con el canadiense, sosteniéndolo con una mano para que no se le caiga y arreándole con la otra.

Tras 14 asaltos, aburrido ya, le suelta una serie de golpes que mandan a Burns a la lona, o eso se supone, porque la policía detiene la grabación cinematográfica para evitar que quede constancia de la humillación. De todos modos, si visitas la tumba de Burns, aún puedes escuchar con le castañetean los dientes de la tunda.

Jack Johnson se proclama campeón del mundo. El primer campeón del mundo de los pesados negro. Los medios de comunicación empiezan la campaña de difamación y claman venganza, mientras Johnson no pierde su sonrisa retadora y colecciona novias y esposas...blancas, soliviantando aún más el racismo latente en la sociedad norteamericana. Se pone en marcha la operación 'La gran esperanza blanca' para destronar a tan insultante campeón.

Al final sacan de su retiro al ex campeón invicto Jim Jeffries, uno de los que siempre se había negado a pelear con negros. Una sustanciosa bolsa le saca de dudas y vuelve a subir al cuadrilátero para el llamado combate del siglo, fijado para un 4 de julio de 1010 en Reno, Nevada.

Las armas y el alcohol están prohibidas en el recinto porque los ánimos están encendidos. Las apuestas favorecen a Jeffries y el público recibe a los púgiles gritando '¡mata al negro, mata al negro!'. Jeffries va por los suelos más veces en este combate que en toda su carrera anterior.

En el asalto 15, un guantazo lo manda fuera del ring, y cuando entra recibe otro par de soplamocos que lo mandan al otro lado contra las cuerdas. Desde su rincón lanzan la toalla. Johnson ha vuelto a ganar. La comunidad afroamericana sale a las calles de Estados Unidos a celebrar su propia fiesta de la Independencia.

Los medios vuelven a hacerle la vida imposible a Johnson, seriamente amenazado por el Ku Klux Klan, acosado por la policía, insultado por su color. La presión es tal que su esposa se acaba suicidando.

Johnson, desafiante, aparece en todas partes viviendo a todo tren, intolerable en un afroamericano. Hasta que una ex novia blanca resentida, y bien pagada, le denuncia por haber incumplido la ley Mann, que prohíbe cruzar la frontera interestatal con una mujer con fines inmorales. Un jurado blanco le condena a un año de prisión. Puestos a cruzar fronteras, Johnson se fuga a Canadá.

La vida de Johnson en el extranjero es una suma de victorias en los cuadriláteros mientras se codea con lo mejor de la sociedad europea, hasta que en 1915, cumplidos los 37 años y con su madre gravemente enferma, Johnson acepta un combate por el título en La Habana contra Jess Willard, dos metros de tosquedad blanca.

Al llegar al asalto 26, las reglas eran un tanto laxas, Johnson cae y pierde el título. Hay varias teorías. La más romántica habla de un pacto para dejarse vencer a cambio de volver a Estados Unidos, librarse de la cárcel y poder ver a su madre enferma. La más prosaica se inclina por un Johnson cansado en una pelea ya muy larga contra un contrincante mucho más joven.

Lo cierto es que cuando Johnson regresa a Estados Unidos va directo a la penitenciaría de Leavenworth. Nunca más le permitirán boxear en la élite ni volver a disputar el título mundial. De hecho, no permiten disputar el título a ningún negro durante los siguientes 22 años. Será en 1937 cuando le ceden el puesto de aspirante a un chico de 23 años. Se llama Joe Louis y no soltará el título en los siguientes 12 años, record hasta la fecha.

Jack Johnson se retira en 1938, con 60 años, satisfecho por haber abierto el camino a gente como Joe Louis o a símbolos futuros de negritud orgullosa como Muhammad Ali. Johnson murió en 1946 a bordo de un automóvil a toda castaña. Le acaban de echar de un bar por negro.

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