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dimecres, 11 d’abril de 2018

Enric Barberà Tomàs. 1908.



'Paquita hoy está imposible, procuro animarla y apenas lo consigo. Estuvo en la puerta hablando con la ya viuda del malogrado Albero y se hizo propio su dolor, por eso la dejo llorar. Nuestra pequeña nos contempla muy triste. ¡Pobres hijitos nuestros! A la edad de comer dulces, beben la hiel que se les sirve'.

Hoy se cumplen 110 años del nacimiento de Enric Barberà Tomàs. Nació en Alcoi y le llamaban Carrasca, porque era fuerte como una encina. Entró a trabajar en una fábrica de sombreros hasta que la cerraron y se buscó la vida como camarero, afiliado al Sindicato de Oficios Varios de la CNT. Era un tipo sano, amable, entusiasta en eso de vivir y amar, siempre dispuesto a echar una mano.

Libertario, vegetariano, naturista, suscrito a la revista Iniciales, dirigida por José Elizalde, estaba entre los impulsores de una especie de Ateneo que ofrecía una biblioteca y organizaba excursiones a la Naturaleza, charlas y audiciones musicales. Lo necesario para respirar, vaya. En la zona de Els Canalons, Enric y sus compañeros anarquistas decidieron construir un trozo de paraíso en la Tierra, que es tontería esperarse a morir para disfrutar.

Armados de picos y palas construyeron una pequeña presa, pusieron un trampolín para impulsar chapuzones de pura alegría y plantaron frutales y flores. Allí entregaban sus cuerpos desnudos al sol, limpios. Allí unió su vida a la de Paquita Llorens.

Durante la II República se dedicó al compromiso con el sindicato y a ejercer como profesor de educación física, hablando a chicos y chicas de no entregarse a adicciones que les anularan como personas. Hasta que en julio de 1936, este país adicto a políticas malsanas, Enric se siente obligado a defender su porción de paraíso marchando al frente de Córdoba con la Columna de Milicias Alcoyana de la CNT. Los restos de la columna acabaron integrados con la militarización en la 82 Brigada Mixta y Enric Barberà acabó con el grado de capitán.

Al terminar la guerra y continuar el exterminio, Paquita le pide a su compañero que huya a Francia, no lo vayan a detener y encarcelar. Enric se niega, no ha hecho nada malo y alguien debería cuidar los frutales y replantar las flores. Si algo siembran los fascistas son cadáveres y no tardan en dar con él y meterlo en el monasterio de Porta Coeli, reconvertido en campo de concentración, uno de los 188 que hubo en España entre 1936 y 1947. Por Porta Coeli pasaron unos 5.000 prisioneros, militares republicanos, de los cuales la mitad fueron fusilados. En Porta Coeli se obligaba a formar a los reclusos en el patio mientras se daba cuenta de los paquetes de ropa y comida que les enviaban los familiares. Hacían un montón con los paquetes y obligaban a los prisioneros a cantar el Cara al sol mientras le pegaban fuego con gasolina a los envíos.

A Enric Barberà lo trasladaron a las cárceles de Alcoi y Alicante para someterlo a consejo de guerra. Lo acusaron de todo en base a supuestos testimonios anónimos, desde apoyo a la rebelión a ejecuciones varias. El único testimonio de cuerpo presente fue el de un seminarista, Antonio García Sánchez, que explicó como Enric Barberà la había salvado la vida. Fue condenado a muerte.

Entre el 5 de junio de 1941 y el 16 de septiembre de 1942, mientras esperaba la llamada para ser asesinado, Enric Barberà escribió un diario sobre su estancia en la cárcel de Alicante. Lo escribía en papel higiénico y pudo sacarlo a trozos camuflado en hatillos de ropa de otros compañeros. Escribió hasta momentos antes de ser llevado al paredón. Su compañera, Paquita Llorens, guardó los papeles en una botella y la enterró. Enterrada permaneció años.

La hija de Paquita y Enric, Marcela Barberà, transcribió el diario en 1994, ardua tarea debido al mal estado del manuscrito. Pero esa botella enterrada dio un hermoso árbol frutal en 2004, cuando Rosa Montero consiguió publicar el escrito en editorial RBA. Estampas de luz.

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