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dilluns, 16 d’abril de 2018

Manuel Jiménez Pérez. 1908.




Hoy hace 110 años nacía uno de tantos, Manuel Jiménez Pérez, uno de tantos que hundían las manos en la tierra para sacudir las entrañas del mundo y hacerlo más habitable. Empezó a hacerlo siendo niño jornalero en Dos Hermanas. A los 17 años se metió hasta los codos en la huelga de los recogedores de olivas que pedían la jornada de 8 horas.

Militante de la CNT y la FAI, Manuel Jiménez Pérez leía el cielo de día y los libros de noche, asistiendo a las clases de Antonio Muñoz Benítez, otro hijo de campesinos que no pudo terminar la primaria y acabó siendo alumno de José Sánchez Rosa en Grazalema. Los señoritos de Dos Hermanas le llamaban despectivamente El Laico. Durante los primeros años de la II República fue nombrado alcalde por aclamación hasta ser destituido en 1934 acusado de obrerista y ateo. Tras las elecciones de febrero de 1936 fue nombrado concejal de Instrucción Pública.

Manuel fue uno de tantos en Dos Hermanas en tomar las riendas de sus destinos, codo con codo con los cargos electos, en un proyecto colectivo que pasaba por tener más escuelas y tierra para todos. Todo se detuvo con el golpe de Estado fascista del 17 y 18 de julio. En Dos Hermanas los fascistas entraron a caballo, como los señoritos. Manuel Jiménez estaba en la barricada que los detuvo e hizo retroceder.

Los fascistas se avinieron a negociar con una propuesta muy simple. O abandonaban la barricada o fusilaban al consistorio en pleno que tenían en su poder. Los anarquistas abandonaron la posición y cada uno escapó en la dirección que mejor le pareció. Manuel Jiménez no quiso marcharse de Dos Hermanas y se fue la hacienda de Bujalmoro, a recoger aceitunas, las que nacían de la tierra que siempre había pisado.

Manuel Jiménez Pérez y su compañero Manuel Núñez González fueron detenidos por un grupo de falangistas el 27 de julio de 1936, mientras faenaban. A los señoritos debía parecerles poco emocionante llevar dos presos al matadero y, siendo más de montería, disimularon descuido para verlos correr. Manuel Núñez, asmático, fue abatido a los pocos metros. Manuel Jiménez, herido en un pie, tuvo tiempo a llegar a un olivar y tenderse bajo un árbol mirando al cielo color aceituna. Allí lo remataron. Cuatro días después, su maestro, Antonio Muñoz Benítez, era fusilado por los falangistas en el cementerio de Alcalá de Guadaira, musitando, quizás, una oración:

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

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