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viernes, 22 de marzo de 2019

Marc-Roland Juge


Mi pequeño Jean-Paul querido:
He aquí la última carta que recibirás de mí, mi muy querido, ya que dentro de algunas horas, seré fusilado. Tus 11 años te permitirán comprender y no quiero marcharme sin afirmarte que no tienes que avergonzarte de tu padre, al contrario. He hecho siempre lo que he considerado mi deber, sin dejarme distraer por ninguna consideración; también muero con la cabeza alta, sin que mi conciencia me reproche nada.

Sé siempre leal y bueno, y que la mentira y la traición sean siempre para ti un horror. No olvides que no se puede vivir sin la aprobación de la conciencia de uno. Te quiero, mi pequeño Jean-Paul querido, y te beso diciéndote adiós.

Marc-Roland Juge tenía una prometedora carrera en el cuerpo policial. Con 31 años acababa de ser nombrado comisario en Vichy, estaba felizmente casado con Anne-Germaine Signol y tenía un hijo de 10 años, Jean-Paul. Era un mal año, 1942, pero Juge podría haber mirado para otro lado y prosperar. En cambio, a los dos meses de tomar posesión del cargo entra en la Resistencia, en el grupo Didier de las Fuerzas Francesas del Interior, y trabaja como agente de la red Marco Polo. Aprovecha su posición para informar sobre los desplazamientos de las fuerzas alemanas de ocupación y socorre a otros resistentes perseguidos. Hasta enero de 1944, cuando la Gestapo lo detiene en su propio despacho. Lo dejan en manos del inspector Adam Essinger, un tipo que se divierte haciendo andar descalzos a los detenidos sobre chinchetas, metiéndoles palos de escoba por el recto y apagando cigarrillos en párpados y labios. A Juge le arrancan las uñas y le desmontan huesos y músculos a golpe de vergajo. No dará ni una sola información. Trasladado a la prisión militar alemana de Clermont-Ferrand es juzgado y condenado a muerte el 14 de marzo. Diez días despuéslo fusilaron junto al sargento de aviación Henri Moreau y el viajante de comercio René Chabrier. El 22 de marzo de 1944, hoy hace 75 años, empleó las pocas fuerzas que aún le quedaban para despedirse de su hijo Jean-Paul. Las últimas las empleó para cantar La Marsellesa frente al pelotón, que lo amordazó antes de descargar.

jueves, 21 de marzo de 2019

El tiempo de las cerezas



'No es hora de cortar cabezas, sino de abrir inteligencias'.
Henri Rochefort, 1871.

El 21 de marzo de 1871 estalla la primavera en París. De hecho la primavera se ha adelantado al 18 de marzo. Es tiempo de cerezas y la vida resplandece. Hay muchas declaraciones de amor en esos días, como derrumbar la columna Vendôme, símbolo del Imperio de cuyas ruinas nacía la fraternidad entre los pueblos, como los museos gratuitos para toda la ciudadanía, como abrir el jardín de las Tullerías para que jueguen los niños... La Guardia Nacional se traerá dos guillotinas, encargo del ministerio de Justicia, para quemarlas a los pies de la estatua de Voltaire en la plaza del Ayuntamiento del distrito XI. Es otra declaración de amor a la vida de la Comuna que la gente vitorea al grito de '¡Abajo la pena de muerte!'. La muerte que instaura y sostiene al viejo mundo. Es la estatua de Voltaire que años más tarde destruirán los ocupantes nazis. Es tan corto el tiempo de las cerezas y tan largo el de las tinieblas...

Nuestros destinos
siempre vivos
en el corazón del cerezo.
Matsuo Basho

miércoles, 20 de marzo de 2019

Ernesto Herrera



Hace 130 años se venía al mundo en Montevideo, Ernesto Herrera. A los 8 años de edad se quedó sin madre y la familia se fue al garete. El niño se fue al cuidado de su nodriza, una generosa mujer italiana, que cuidó de aquel cuerpo frágil castigado por asma alérgica. Era para encerrarse en casa y no salir. Pero el niño dijo que no, que para encerrarse ya estaban los ataúdes.

Ernesto Herrera, niño cantor en la Lotería Nacional, se alistó voluntario con apenas 15 años en un batallón de Guardias Nacionales para pelear en la guerra civil aquella entre los colorados de José Batlle y los blancos de Aparicio Saravia, dos tipos que nunca se hablaron cara a cara. Ganaron los colorados. Saravia tampoco vio venir a la muerte de cara, derribado por un disparo de máuser a más de 200 metros mientras pasaba revista a sus tropas en el frente. Ahí se acabó la guerra. Ernesto Herrera hizo la instrucción con los colorados y se le recuerda porque el fusil medía más que él.

Le buscó una mejor medida a la vida y se largó de gira por Brasil con unos titiriteros. Es uno de los habituales del café Polo Bamba, centro de jóvenes en ebullición, que eso es la juventud. Ahí pasa tardes y noches con Ángel Falco, militar de carrera, anarquista y poeta; Alberto Lasplaces, periodista y cuentista que ha invitado a Herrera a unirse al grupo; Julio Alberto Lista, director de la revista Bohemia; Carlos Sabat Ercasty, poeta que presidirá el Ateneo de Montevideo. Y Herrerita, tan poca cosa, se agranda publicando sus primeros poemas y colaborando en la prensa libertaria.

Culo de mal asiento que va saltando y publicando de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Asunción. En Buenos Aires se sube a un barco con el poeta libertario Alejandro Sux, destino a Europa. No pasa de Brasil, que va de polizonte y lo desembarcan a Santos. Da igual, un compañero anarquista, marinero, que comparte aquello de navegar es necesario, lo sube a otro barco y un buen día amanece en Lisboa. No para hasta llegar a Madrid. Y sigue hasta Barcelona, a hospedarse en la cárcel Modelo, que por lo visto no han gustado algunos comentarios suyos sobre el rey.

Durante su estancia carcelaria le da tiempo a escribir el cuento El lodazal y una vez puesto en libertad las autoridades lo deportan de regreso a Brasil. Y sigue escribiendo relatos breves que recopilará en Su Majestad el Hambre, con prólogo de su gran amigo Rafael Barrett. Empieza a escribir, y estrenar, piezas teatrales. La primera, El estanque, buena acogida. Compagina con su trabajo en prensa, que le lleva de nuevo a la guerra entre colorados y blancos como corresponsal de La Razón, estableciendo buena amistad con el general colorado Pablo Galarza. Ese tiempo convulso en el frente le dará el material para su obra El león ciego.

El león ciego es la gran obra de Herrera, hombre de paz en un país de caudillismos y guerra civiles que va dejando atrás la herencia rural de gauchos prontos a solventar cuitas a navajazos y se adentra en un siglo XX en el que los nuevos líderes llevan los navajazos al politiqueo y la componenda. ‘Era un hombre bueno y noble que quiso decir en El león ciego un mensaje de paz’, dirá su amiga Acacia Schultze.

Ernesto Herrera es un autor que estrena con éxito en Montevideo y Buenos Aires sin cobrar derechos de autor ni nada que se parezca, que nunca se preocupó por esas cosas. Decide prolongar su éxito marchando a España de nuevo pese a una salud cada vez más precaria, o precisamente por eso, que nunca sabes cuándo se acaba y mejor ir a por ello que esperar. El gobierno le apaña una pensión para que se mantenga por Europa, que no es cuestión de mandar a un embajador cultural muerto de hambre. Descontado lo que deja en Uruguay para mantener a su compañero Orfilia y su hijo Barrett, Ernesto se gasta el resto despreocupadamente en vivir, los bolsillos agujereados por la polilla de la generosidad.

En Madrid le acompañará otro buen amigo, el médico e intelectual argentino José Ingenieros, que conseguirá ingresarlo en un sanatorio suizo para hilvanar su deshilachado aspecto. Lo consigue a medias, que Herrera sigue en movimiento como si no hubiera un mañana. Escribe su otra gran obra, El pan nuestro. El éxito se ve enturbiado por el suicidio de Orfilia, la reaparición de una afección en la garganta de tipo bacilar y el fracaso de su intentona como empresario teatral arrendando el Teatro Lumière. No se rinde.

Toma de la mano a su hijo Barrett y lo lleva de viaje por sus queridos paisajes de Rio Grande do Sul y Melo. Le ofrecen dirigir el periódico La Defensa para acogerse a cierta estabilidad, pero no comparte la línea política conservadora del rotativo y declina el ofrecimiento.

En 1916 lo nombran profesor de literatura en el Liceo Departamental Mercedes, Soriano y decide prepararse a fondo para viajar a través de sus alumnos. El apasionante viaje dura hasta finales de año, cuando de nuevo la afección bacilar se agarra a la garganta del niño cantor de lotería. Ingresado en el Hospital Fermín Ferreira para tuberculosos, en Montevideo, en enero de 1917, perderá el último hilo de voz el 19 de febrero. Tenía 27 años.

martes, 19 de marzo de 2019

Julia Gay Vives



'Aquel año se me ha quedado muerto en el corazón, clavado en la memoria. Arrebatada por el odio, disuelta en el dolor absoluto de las cosas, me dejaste una herencia de suspiros'.

El 19 de marzo de 1938 ha cesado el martilleo espaciado en el tiempo de la Aviazione Legionaria italiana sobre Barcelona. Entre el millar de muertes está el cuerpo despedazado de Julia Gay Vives, arrebatada a los suyos el 17 de marzo, mientras pasea por el centro de la ciudad con un caballo de madera, regalo para su hijo pequeño Luís que ese día cumple 3 años. Deja sin dulzura a otros dos hijos, Juan, de 7 años, y el mayor, José Agustín, que tiene 10 años.


Por la ira fui un niño sin sonrisa
un hombre derrotado.
Cuando pude
me acerqué hasta el refugio de los míos
me armé de orgullo y además
de odio hacia las banderas de aquel crimen
de asco a sus uniformes y a sus cantos
de falso paso alegre de la paz
pues la paz me la habían quitado
cuando yo la tenía
y era más hermosa
que una amapola única en medio de un trigal
o de un desierto.
Y no quise callarme
ni dejarlos tranquilos con su fúnebre paz
pues ya mi sitio
estaba en otro lado
enfrente enfrente con los compañeros
terribles y obstinados.

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Tú me explicaste un mundo
sin miedo sin fantasmas sin castigo
sin cuarto de las ratas
un mundo en el que el lobo
era bueno y quería lamerme igual
que a sus cachorros
y en el que el hombre del saco
jugaba a no encontrarme
y luego me mostraba sus latas y botellas
sus pieles de conejo.
Hasta el diablo
era allí un aliado burlón
que al mudar de disfraz se volvía
un niño como yo
que no sabía
que existiera un infierno al otro lado
sino sólo una piedra negra
en el pecho de los malignos.

me explicabas todas estas cosas.

José Agustín Goytisolo Gay

lunes, 18 de marzo de 2019

Gabriel Celaya



Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
Al hablar, confundimos; al andar, tropezamos;
al besarnos no existe un solo error posible:
resucitan los cuerpos cantando, y parece
que vamos a cubrirnos de flores diminutas,
de flores blancas, lo mismo que un manzano.

Dulce, dulce mía, ciérrame los ojos,
deja que este aire inunde nuestros cuerpos;
seamos solamente dos árboles temblando
con lo mismo que en ellos ha temblado esta tarde.

Vivir es más que fácil: es alegre.
Por caminos difíciles hoy llego
a la simple verdad de que tú vives.
Sólo quiero el amor, el árbol verde
que se mueve en el aire levemente
mientras nubes blanquísimas escapan
por un cielo que es rosa, que es azul,
que es gris y malva,
que es siempre lo infinito y no comprendo,
ni quiero comprender porque esto basta:
¡amor, amor!, tus brazos y mis brazos
y los brazos ligerísimos del aire que nos lleva,
y una música que flota por encima,
que oímos y no oímos,
que consuela y exalta:
¡amor también volando a lo divino!

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Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.

Gabriel Celaya

viernes, 15 de marzo de 2019

Blas de Otero



Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.

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Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Miquel Boixó Geli



Miquel Boixó Geli se vino al mundo en Banyoles, en una casa hecha al luto. Cuatro hijos murieron antes de cumplir el año y otro antes de cumplir los doce. Miquel es más de vivir. Es pastelero, excelente nadador y ama el teatro. Miembro activo de la Joventut Artística de l'Ateneu Republicà interpretó entre llamaradas de aplausos al Lucifer de Els Pastorets. Igual le cogió gusto al personaje y por eso se hizo comunista, pensaría su muy beata madre.

El golpe de Estado fascista lo agarra a las puertas de cumplir 26 años y se marcha al frente de Aragón alistado en la Carlos Marx. La novia de Miquel, Francisqueta Sarquella, se corta el pelo y disfrazada de hombre marcha al frente con su amor, transportando correo. Hasta que los descubren y Francisqueta vuelve a casa.

Miquel Buixó participa en las ofensivas sobre Huesca, Zaragoza, Belchite y Teruel, recibiendo hostias a tutiplén. La dinámica sigue en el frente del Segre y en Gandesa. Miquel, es más de vivir, aprovecha un permiso para casarse con Francisqueta Sarquella, novios desde los tiempos felices del teatro y las zambullidas en el lago. Vuelven a zambullirse una vez más, uno en el cuerpo de la otra, y nace Jordi Buixó Sarquella.

En plena retirada, Miquel tiene tiempo para pasar por Banyoles por última vez, despedirse de familiares y salvar la vida de cuatro curas en trance de ser fusilados, que sería comunista pero quería mucho a su madre y no le iba a dar un disgusto la última vez que se veían.

Miquel Boixó y familia marchan a Moscú y junto a otros 27 militares republicanos españoles, Miquel es enviado a la Academia Militar Frunze. La irrupción de la Wermacht en la estepa rusa lleva a los Boixó Sarquella a Uzbekistán. Allí dormirán juntos por última vez. Miquel Boixó forma parte de un comando de paracaidistas, en su mayoría catalanes, con misiones de alto riesgo tras las líneas enemigas en Crimea.

El grupo de Boixó es lanzado cerca de la población de Shúbino. La operación es un desastre. Un desastre planificado. Los comunistas catalanes son enviados al matadero para que un agente doble pueda pasar la información a los alemanes y ganarse su confianza. El grupo cae en campo abierto y aniquilado en pocas horas por una fuerza superior que los espera pese a oponer una desesperada resistencia. Es el 13 de marzo de 1943 y la gente de Shúbino aún los recuerda.

Los vecino de Shúbino consiguieron que se levantara un monolito en 1966 con los nombres de aquellos guerrilleros que hablaban una lengua extraña y se llamaban Miquel Boixó, Josep Fusimanya, Pere Panchamé, Joan Armenteros, Joan Pons, Josep Peral, José Luis Vara.

A Boixó le acabaron concediendo honores póstumos y escribieron su nombre en piedra, aunque el mejor homenaje sigue siendo la gente de Shúbino bailando en marzo, los cuerpos zambulléndose en el agua y salpicando al sol.