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dijous, 13 d’abril de 2017

Antonio Ortiz Ramírez. 1907.


Hoy hace 110 años se venía el mundo, en el Poblenou, Antonio Ortiz Ramírez, dispuesto a hacer con su vida lo que él mismo decidiera, que para eso nos nacen. La vida lo sacó de la escuela a los 11 años para ponerlo de aprendiz de carpintero y colaborar en el sustento familiar. Intentó compaginar trabajo y estudio nocturno. A los 14 años, viendo que no le gustaba como estaba repartido el mundo al que había venido, se hizo de la CNT.

En tiempos de la II República se integró en los Grupos de Defensa Confederal de su barrio, formó parte del grupo de afinidad Nosotros, publicó en Solidaridad Obrera y fue presidente del Sindicato de la Madera de la CNT. Desde ahí vivió la huelga del gremio entre noviembre del 32 y abril del 33. Pedían trabajar 44 horas semanales y no 48, y que las herramientas las pusieran los patronos, que tenía guasa pagar para poder trabajar. Le dieron cárcel y una buena tunda de palos. No sería la última vez.

A principio de 1936 se vino a dar un mitin a mi pueblo y el 19 de julio estaba en primera fila para detener al fascismo en las calles de Barcelona. Apenas una semana más tarde se iba al frente de Aragón encabezando a los 800 voluntarios de la Columna Ortiz. Ahí ya no pudieron parar al fascismo, más bien los pararon a ellos, por delante y por detrás, aunque les dio tiempo a crear el Consejo de Aragón.

Antonio Ortiz asume la comandancia de la 25 División, pero tras la militarización de las columnas acabaría siendo destituido y mandado de vuelta a Barcelona para buscarle un nuevo destino. Aprovechó el tiempo para licenciarse en la Escuela Popular de Estado Mayor.

Ortiz era partidario de sacar adelante el Plan Camborios ideado por García Oliver, la creación de una guerrilla en la retaguardia franquista en Andalucía. La guerra pintaba mal y las disposiciones tácticas, poco novedosas, llevaban a una victoria del mejor armado. Y por otro lado cada vez quedaba menos espacio para la revolución social.

Los camborios eran una especie de ninjas, aguila y serpiente a la vez, implacable con el enemigo, tolerante con las creencias de los campesinos, respetuoso con las mujeres y amigo de los niños. No les dejaron. A Ortiz lo pusieron al frente de la 24 División en la Seu d'Ugell.

Ante las crecientes sospechas de un intento de asesinato por agentes estalinistas y harto de la incompetencia de mandos militares y enfrentado a varios dirigentes de la CNT, Ortiz se pasa a Francia con varios colaboradores más en julio del 38. Le llaman traidor, cobarde, desertor... y en privado ni les cuento. Los hechos demostrarán que igual tendría mal carácter, pero que también le sobraba integridad.

Antonio Ortiz visitará la cárcel de Colliure y los campos de concentración de Saint Cyprien y Vernet. Es considerado altamente peligroso. Las autoridades de Vichy le consideran anarquista y revolucionario a tener bien lejos. Lo mínimo en el régimen concentracionario y de trabajos forzados en Djelfa, en el Norte de África. 'Por el campo, en carne viva, cuatro moros y un Sargento buscan hogueras por tiendas: “Está prohibido hacer fuego”, ¡Que la leña es del estado! y es más que los prisioneros. De alambrada en alambrada los pájaros pierden vuelo', escribe desde allí Max Aub.

En diciembre de 1942, tras el desembarco norteamericano en África, Ortiz se alista en el Ejército francés y se bate contra las tropas alemanas del Afrika Korps. Desembarca en Europa con el Primer Batallón de Choque, el nombre ya lo describe, y participa en la liberación de Aix-en-Provence, Lyon y Belfort. No se detiene y entra en Alemania, combatiendo en Baden-Wurtemberg, recibiendo medallas, entre ellas la Cruz de Guerra con Palma, y una herida que pone fin al periplo bélico.

En septiembre de 1948, Antonio Ortiz es uno de los anarquistas que meten 120 kilos de bombas en una avioneta para echárselas encima a Franco, que goza en su yate de las regatas en La Concha. Les salen al paso seis cazas pidiendo los papeles y deciden volver para Francia.

Con la sensación de alguien respirándole en el cogote, Ortiz cruzaría el Atlántico y vivió en Bolivia, Perú y finalmente Venezuela, sin renunciar a su militancia en la CNT y trabajando de carpintero.

Al cumplir 80 años volvió a Barcelona. Aquí consiguió por toda una vida de lucha una pensión como sargento del Ejército de la II República. A veces la revolución social queda en eso, es el derecho a una paga. Antonio Ortiz Ramírez murió a punto de cumplir los 88 años en una residencia de ancianos de La Verneda. En un últmo servicio al progreso donó su cuerpo a la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona.

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