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dimecres, 19 d’abril de 2017

Chemin des Dames. 1917.


Vous, mes frères obscurs, personne ne vous nomme.

Viendo fugazmente a Marine Le Pen por la tele se me va la memoria cien años atrás, a la primavera de 1917, sin necesidad de salir de Francia. Estamos en el departamento del Aisne. El general Robert Nivelle es el nuevo comandante en jefe del Ejército francés en una carnicería que dirigen tipos de atildados bigotes en despachos a centenares de quilómetros del frente. El tal Nivelle, otro genio jugando con las maquetas, ha tenido una gran idea para pasar a la posteridad. La de siempre, romper las líneas alemanas.

El lugar escogido para la gloria es el Chemin des Dames, entre Soissons y Reims, un repecho de quilómetros de longitud defendido trincheras, alambradas y nidos de ametralladoras. Lo normal. El brillante plan de Nivelle consiste en cañonear unos días las posiciones enemigas, cargar a la brava con infantería, romper las líneas y ganar la partida. Sobre las maquetas que hay en el Estado Mayor es un éxito. Nivelle asegura que la operación no se alargará más de 48 horas a un coste de unas 10.000 bajas. Lo normal.

Para el éxito de su plan, Nivelle cuenta con el factor sorpresa. A esas alturas del conflicto el único factor sorpresa sería la inteligencia y la empatía en los altos mandos. El factor de marras se va por las letrinas cuando movilizas casi a un millón de personas en una zona de 40 quilómetros por muy bajito que hablen y a ti se te va la lengua en una cena con señoras de la alta sociedad. Cuando el Ejército francés está preparado, el alemán también.

Los días previos de cañoneo intensivo sólo sirven para dejar el terreno como un fangal lunar sometido a intensas lluvias y alguna nevada, mientras los alemanes aguantan los temblores bajo tierra, tragando polvo y humo y acumulando mucha mala hostia.

El 16 de abril de 1917 el silbato de los oficiales ordena salir a la carga a las seis en punto de la mañana. Para carga la que llevan encima los soldados: cansancio y sueño acumulados, una manta enrollada cruzada sobre el torso, una pala, mochila con víveres para seis días, macuto con veinte granadas, tres litros de agua, dos máscaras de gas, un saco de tierra para asegurar posiciones, bengalas, 120 cartuchos de fusil, botiquín... más o menos unos 20 quilos por espalda.

Nieva y hace un frío que pela. Nivelle manda en primera línea a las tropas coloniales senegalesas, hombres de la costa occidental francesa muchos de los cuales no saben hablar francés, bien vestidos para pegar tiros por la sabana pero poco adecuados para la helada Picardie. Avanzar es complicado. El peso que llevan los hunde en el barro. Nivelle tiene bajo sus órdenes a unos 15.000 soldados africanos. En los primeros minutos del ataque mueren unos 1.500. A las siete de la mañana todo el mundo tiene claro que aquello es perder el tiempo, el tiempo incalculable que suman las vidas congeladas sobre el terreno. Todo el mundo menos el general Nivelle.

Nivelle ordena oleada tras oleada hasta el 22 de abril. La mitad de las tropas africanas pierden la vida lejos de casa camino de la nada, la mayoría bajo fuego alemán y una buena parte bajo artillería francesa que o dispara mal o dispara para evitar retiradas sobre la marcha. Francia trajo a Europa a unos 160 mil soldados africanos a morir por una liberté y égalité que no gozaban, pues carecían de derechos cívicos elementales. Sufrieron 65 mil bajas.

El 10 de diciembre de 1998 moría, a los 104 años de edad, Abdoulaye N'Diaye, el último soldado senegalés vivo que mandaron a luchar en la I Guerra Mundial. Herido en Bélgica en 1914, combatió en los Dardanelos en 1915, fue herido de nuevo en la batalla del Somme en 1916 y terminó asaltando trincheras en Verdun antes de poder volver a casa, a sus pobres tierras de agricultor.

En 1949 se enteró que tenía derecho a una pensión de invalidez y a otra de antiguo combatiente, que le fueron congeladas por el gobierno francés en 1961 tras la independencia de Senegal. N'Diaye percibió del gobierno francés hasta su muerte un total de 340 francos franceses (no llega a 52 euros). Ah, y un abono a precio reducido para la red ferroviaria francesa. El general Robert Nivelle, que murió en su cama, fue condecorado con la Gran Cruz de la Legión de Honor al terminar la carnicería.

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