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dilluns, 3 d’abril de 2017

Manuel Fernández Márquez. 1973.


'Yo soy yo y mis compañeros'

Manuel Fernández Márquez era uno y era miles, por eso lo asesinaron. Uno de tantos de los que se vinieron de Extremadura a la mina, en Fígols, y de ahí al cinturón metropolitano, a Santa Coloma y las Comisiones Obreras.

Casado con Carmen Rodríguez Jurado, sevillana a la que conoció en Fígols, se vinieron con su hijo de dos años, José Manuel, a Santa Coloma a principios de 1973, y a los dos meses encontraba trabajo en COPISA, una de les empresas que andan en la construcción de la tercera y última torre de la Térmica del Besòs, ese paisaje a lo Chernobyl Beach.

Los obreros de la Central 1733 han parado y ocupado los comedores porque están hartos de trabajar en unas condiciones similares a los obreros de las pirámides. Piden, entre otras cosas, un aumento de 4.000 pesetas al mes (24 euros, vaya), pasar de 56 a 40 horas semanales de lunes a viernes, anulación de los contratos firmados en blanco, 30 días de vacaciones pagadas, derecho de reunión en las instalaciones de la empresa, botas de seguridad y vestuarios en condiciones, que resta intimidad compartirlo con las ratas.

Manuel Fernández participa en esas acciones con sus compañeros de tajo, a los que representan gente como él, Manuel Pérez, Antonio Jiménez, Miguel Guerrero, a los que el Tribunal de Orden Pública pedirá penas de entre 12 y 20 años de cárcel por levantar la voz.

La empresa amenaza con sanciones de empleo y sueldo de cinco días a todos los trabajadores, muchos de ellos con contratos de 15 días a renovar si son obedientes, y al poco avisa que ya pueden ir pasando a firmar el despido. La mañana del 3 de abril de 1973, Manuel Fernández se despide con un beso de su hijo y de su mujer. No sabe si les dejaran entrar a trabajar, sólo sabe que tiene que estar al lado de sus compañeros, que un hombre solo, una mujer, así tomados, de uno en uno, son como polvo, no son nada.

Desde las 7.30 horas del martes 3 de abril, hoy hace 44 años, unos 2.000 obreros van llegado a la térmica propiedad de FECSA. Les esperan nutridas dotaciones de Policía Armada, policía a caballo, Guardia Civil y los delincuentes uniformados de las brigadas especiales, los grises de Valladolid.

Las puertas de la Térmica están cerradas y sólo les dejarán entrar si lo hacen den grupos de cinco personas como máximo. Los obreros se  niegan, o entran todos a una como siempre o no entra nadie. Y no entra nadie. Los sacan de allí a hostias. Las fuerzas policiales cargarán hasta tres veces. La última con fuego eal y tirando a los cuerpos. Una bala hiere en el cuello a Serafín Villegas Gómez, 25 años. Manuel Fernández Márquez se agacha para ayudarle a reincorporarse. Es entonces cuando un policía a caballo vuelve a disparar y un balazo en la cabeza quiebra los 27 años de existencia de Manuel.

La noticia del asesinato de Manuel se expande como la sangre por el pavimento. Esa misma mañana Sant Adrià sale a la calle y por la tarde el Colegio de Abogados de Barcelona emite comunicado de condena. Al día siguiente paran Siemens, Pegaso, Bultaco, Hispano Olivetti, Seat, La Maquinista Terrestre y Marítima...

En mi pueblo, los obreros de Aiscondel, Meler, Joresa, son los primeros en ocupar las calles junto con compañeros de otras fábricas y talleres. Los recuerdo pasar por la calle desde mi ventana en una planta baja de Les Fontetes. Y las cargas y las detenciones. Y los vecinos abriendo las puertas de casa dejando entrar a señores como mi padre, sudorosos por la carrera, miedo en la mirada, una sonrisa para el chaval que los miraba sin entender mucho y un gracias, señora para el vaso de agua que les daba mi madre.

Esos días mi pueblo hasta salió en la prensa. 'La mayor incidencia estuvo localizada en Sardañola, donde el paro afectó a nueve factorías, con un total aproximado de mil obreros, que abandonaron sus puestos de trabajo poco después de iniciada la jornada, para no reanudarla en todo el día', La Vanguardia. (nota: eran más de nueve y más mil)

A Manuel Fernández lo enterraron en el cementerio de Pomar, barrio de Badalona levantado en 1967 para tener apartada a gente procedente de las barracas de Montjuïc. Un compañero de trabajo empezó a leer un poema que le había dedicado, Murió por gritar. No le dejaron terminar, la policía volvió a cargar, que viendo el cementerio cerca estarían animados.

Martes 3 de abril de 1973. / Ese día murió Manuel, / Manuel Fernández Márquez, / obrero. / Per no murió de cansancio, / como morimos muchos. / Pero no de accidente de trabajo, / como seguimos muriendo. / Pero no de hambre y de miedo, / como quisieran que muriésemos. / Murió por gritar / que no quería morir por nada de eso. / Murió por gritar / Yo soy yo y mis compañeros. / Murió porque el único argumento de sus opresores / se le incrustó en el cuerpo / ese martes, ese 3 de abril / teñido de sangre / asesinaron a Manuel, Manuel Fernández Márquez / compañero nuestro.

Ese 3 de abril asesinaron en Manuel, que nunca hizo daño, que era uno y es miles. Años después una calle de Sant Adrià que iba a llamarse avenida de Carrero Blanco se llamó por decisión de los vecinos calle de Manuel Fernández Márquez. Ya ven, algunos salen propulsados de la memoria y otros se quedan con nosotros a pie de calle.

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