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dimecres, 10 de maig de 2017

Antonio García Barón. 1922.


A los 14 años cambió el violín por un fusil para ayudar a parar el fascismo a las puertas de Madrid, sobrevivió 4 años en el campo de exterminio de Mauthausen y trabajó contando relámpagos en la Amazonia boliviana. Sí, Antonio García Barón vivió lo suyo. Hoy hubiera cumplido 95 años.

Antonio García Barón nació en Monzón, en una familia gente de campo con ideales republicanos. Era un asiduo de la biblioteca que tenía la CNT y ya nunca dejó de devorar libros. La guerra devora vidas y se enrola en la Columna Durruti a su paso por Monzón para irse al frente y romperle los dientes al fascismo.

García Barón acaba la guerra en la 26, son los últimos en cruzar la frontera, y allí promete que algún día volverá a España para contar el espíritu criminal que alienta a la Santa Iglesia en su Crvzada de barbarie. No tardará en doctorarse en barbarie. Primero lo dan de alimento a los piojos, la sarna, la difteria y la disentería en los campos de concentración gentileza del gobierno francés.

Enrolado en la V Compañía de Armas de Cambrai para salir del campo de Vernet, lo mandan a cavar trincheras en la Línea Maginot y a correr acorralado por las fuerzas alemanas hasta la playa de Dunkerque. Aún le da tiempo a derribar dos aviones alemanes con un antiaéreo inglés, pero cuando intenta salir de allí con la flotilla de emergencia que han enviado desde Gran Bretaña, lo dejan en tierra, por español.

La idea de García Barón es alistarse en el maquis para seguir combatiendo a los nazis. No le dan tiempo y lo capturan. Tras un penoso peregrinaje como prisionero es subido a un camión y arrojado en Mauthausen. Será el número 3422 y por su juventud y fuerza trabaja en la cantera. En 1945, en plena debacle del III Reich, consigue huir del campo tras un bombardeo y vuelve el 5 de mayo guiando a las tropas estadounidenses. Ese día jura que si vuelve a España será para mantener vivo el recuerdo de los compañeros asesinados en Mauthausen por orden directa del general Franco.

Instalado en París, García Barón consigue un trabajo de ingeniero, pero no se adapta a un continente alfombrado de cadáveres. Animado por el anarquista Gaston Leval decidirá marcharse a la Amazonia boliviana. Antes hará una rápida excursión a su Monzón natal para dar un último abrazo a su madre, que ha sido rapada y encarcelada. La visita vestido de cura.

Antonio García Barón aterriza en La Paz y de allí salta a orillas del Quiquibey, en plena selva, lejos de un mundo hostil. Es el año 1953. Le toca lidiar con el cura del lugar, un alemán que anda enredando y trata de enemistar a los indígenas con el recién llegado. Ya nadie se acuerda del cura alemán.

Unido a Irma Cortez, sangre indígena y japonesa, levantarán un hogar, cultivarán la tierra, criarán animales y tendrán cinco hijos. Toman del mundo lo poco que necesitan y repudian el dinero. La empresa pública de electricidad necesita datos de la zona para la construcción de una represa y lo contratan para contar relámpagos y observar las crecidas de los ríos.

Sólo volvió una vez a España, pasados muchos años, para explicar lo que se había prometido en la frontera francesa y en las puertas de Mauthausen. Rechazó cualquier tipo de homenaje, sugirió a un alto funcionario del Estado por dónde podía meterse el voluminoso fajo de papeles que le pedían para recuperar la nacionalidad española y se emocionó cuando le ofrecieron inaugurar una biblioteca.

Los últimos años en su rincón libertario en la selva boliviana se fueron llenado de turistas y explotaciones de todo tipo que destrozaban poco a poco el entorno natural, cercano al Parque Nacional Madidi. Cansado y enfermo, prácticamente ciego por un glaucoma, Antonio e Irma se trasladaron a una casa de ladrillo que ellos mismos se construyeron en San Buenaventura, La Paz. Ya no podía leer libros, pero podía leer la vida y estaba llegando a las últimas líneas de una historia fascinante. Antonio García Barón decidió dejar de tomar alimentos y diluirse definitivamente con el mundo el 17 de noviembre de 2008.

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