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dimarts, 1 d’agost de 2017

Frank Little. 1917.



Hoy se cumple el centenario del asesinato de Frank Little, sindicalista y pacifista, incansable trabajador por la unidad de la clase obrera que pagó muy caro no callarse la boca.

Nacido en 1879 con sangre cherokee en las venas, Frank Little empieza a ser reconocido en 1906 cuando se afilia a la International Workers of the World participando en campañas por la libertad de expresión y por loes derechos de mineros, madereros y trabajadores de las compañías petroleras. En ejercicio de su libertad de expresión, leyendo la Declaración de la Independencia en voz alta en plena calle, será detenido y encarcelado un mes. Ya saben, eso de sostener como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, nunca ha estado muy bien visto por las autoridades.

Frank Little, junto a Joe Hill, eran dos del centenar de libertarios estadounidenses que formaron parte de las tropas revolucionarias en la Rebelión de la Baja California y que combatían al gobierno de Porfirio Díaz y las multinacionales yanquis, liberando Mexicali y Tijuana.

Little luchaba por la unidad de los trabajadores contra el capitalismo, defendiendo el bien común por encima del beneficio personal y desorbitado que generaban las grandes corporaciones. Así, cuando estalló la I Guerra Mundial, tenía muy claro que los enemigos no eran los obreros alemanes enviados al matadero, si no los financiadores de mataderos, haciendo un llamamiento a sus compatriotas a no dejarse matar y mutilar por intereses privados.

Predicar la paz y la fraternidad en horas de patriotismo desaforado bien nutrido desde la prensa es un mal asunto para la salud física. Las autoridades advierten que pensar por libre perjudica seriamente las expectativas de vida en tiempos confusos.

Frank Little, con un cuerpo hecho ya a las celdas y los golpes, en el punto de mira de gobierno, prensa y grandes empresarios, es enviado a Butte, Montana, para organizar una huelga de mineros. Es un acto suicida. Montana viene a ser propiedad de la Anaconda Copper Mining Company (sí, por ahí metieron cuchara Rothschild y Rockefeller, la misma compañía que estuvo entre las promotoras del golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile).

Anaconda Copper lo controla todo, incluso tiene su propia milicia. La búsqueda de beneficio a todo trapo en la extracción del cobre ha rebajado las medidas de seguridad, provocando un accidente que se ha llevado por delante 168 vidas.

Frank Little llega el 18 de julio para intentar organizar a los mineros. No le dejarán hacerlo. Sobre las tres de la madrugada del 1 de agosto, un coche aparca frente a su hotel en North Wyoming Street. Seis tipos encapuchados descienden del vehículo y van a buscarlo a su habitación. Lo sacan a trompazos hasta la calle, en ropa interior, lo atan al coche y lo arrastran por las calles hasta las afueras. Cerca de la estación ferroviaria le dan una paliza y le rompen las rodillas. Cuando se cansan, lo atan y lo cuelgan por el cuello de un caballete de ferrocarril hasta que muere.

El cuerpo destrozado de Frank Little quedó expuesto en la vía pública con un cartel colgado del pecho: 'Que otros tomen nota, primera y última advertencia'. No hubo la más mínima investigación y tras un entierro a los sones de La Marsellesa, los fervores patrióticos y el peso muerto de la historia sumieron a Frank Little en el olvido y así hasta Donald Trump.

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