Cercar en aquest blog

dimarts, 2 de gener de 2018

Joaquim Baldrich Forné. 2012.


Morirse el 1 de enero igual no es el mejor de los propósitos, pero cuando tu vida se ha dedicado al propósito de procurar el paso a una vida nueva, la muerte queda en anécdota. Joaquim Baldrich Forné cruzó la frontera de la vida el 1 de enero de 2012. Años antes había pasado por esas fronteras que son puntitos en los mapas a 380 vidas que así se renovaban.

Quimet Baldrich, familia de campo dedicada a la producción de aceite en el actual El Pla de Santa Maria, libertario que marchó voluntario al frente alistados en la Columna Tierra y Libertad, dos cosas que amaba. Combatió al fascismo en el frente de Aragón y en el frente de Madrid. Acabada la guerra marchó a pie de Aranjuez a Tarragona para pasar tres meses escondido en los bosques cercanos a Poblet. Las nuevas autoridades de su pueblo lo acusaban de 83 asesinatos, que por algo su victoria se escribía con V mayúscula e iban a lo grande, y siguió andando hasta Andorra.

En Andorra empezó a trabajar como agricultor, pero una vez reunido de nuevo con su compañera y necesitado de mayores ingresos se hizo contrabandista. El género introducido de matute era variado: tejidos, tabaco, piedras de mechero, perfumes o ruedas de camión que se colgaban al cuello.

Un día, bajando por la Collada de Toses, se encontró a un grupo de caminantes con problemas de orientación y viendo la angustia en sus miradas los bajó hasta Guardiola de Bergadà y los empaquetó en tren destino Barcelona. Eran huidos del fascismo y Quimet sabía bien de qué iba eso.

El gesto de Baldrich no pasó desapercibido al otro lado de la frontera y un antiguo compañero suyo de la CNT contactó para proponerle seguir su lucha contra el fascismo como pasador. Pasaba recuerdos. Cuando la gente huye de casa va cargada de recuerdos que pesan mucho y necesitan a alguien que les ayude con esa carga. Quimet Baldrich estaba allí para ayudarles con esa carga. Lo hacía por convicción, porque sabía sobre los perseguidos y por los recuerdos que siempre te acompañan lejos de casa.

Joaquim Baldrich era un engranaje más que unía Toulouse, La Massana, Manresa y el consulado británico en Barcelona. Un engranaje sencillo como una mano tendida dirigido por Antoni Forné, exiliado republicano, abogado y militante del POUM, y financiado por los servicios de inteligencia británicos. Una cadena humana formada por Antoni Forné, Joaquim Baldrich, Josep Mompel, Vicenç Conejos, Salvador Calvet y Eduard Moliné.

Forné recibía las instrucciones de recogida de los británicos, Mompel y Conejos los conducían hasta Andorra y hacían alto en el Hostal Palanques de los hermanos Molné. Baldrich o Calvet los depositaban en el consulado británico tras cruzar la frontera a pie y, por dos rutas distintas según las circunstancias, bajarse andando hasta Manresa para coger el tren hasta Barcelona. Y vuelta para un nuevo viaje.

Quimet Baldrich puso a salvo unas 380 vidas. Aviadores británicos y polacos, resistentes franceses, judíos. Nunca sufrió un percance serio, pese a estar dos veces a punto de ser descubierto, en una combinación de complicidades, discreción, intuición y suerte. Los británicos pagaban 3.000 pesetas por persona rescatada. Nadie se hizo rico. Lo necesario para ir tirando, cubrir gastos y pagar sobornos.

Baldrich mantuvo esa discreción de los valientes que nunca presumen de ello y finalizada la II Guerra Mundial, olvidado junto a sus compañeros por el gobierno británico que les había prometido ir a por Franco una vez hecha la faena, siguió dedicado al contrabando, ahorrando para comprar un camión y completar sueldo como transportista.

En 2006, frente al Hotel Palanques de La Massana, se descubrieron un monumento y una placa en memoria de aquellos pasadores de recuerdos. Baldrich en 2012 y Molné en 2013 fueron los últimos en pasar la frontera. Si pasan noche en el Hostal Palanques, por favor, ríndanles homenaje y celebren la vida como si fuera el último día.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada